Aquí si que todo lo que reluce
es oro. Y algo más. Es cierto que Palermo no es un barrio
típicamente relacionado con la joyería. Aunque
algunas casas hay por Palermo Soho o la Casa Olivares, casi
al 4100 de la Avenida Santa Fe.
Y, para quien quiera comprar alguna joya para regalarle a su
mujer o amante, probablemente el Centro o Recoleta sean mejores
opciones.
Pero que las hay, las hay. Y muy buenas.
Las joyerías, además de cambiar dólares,
ofrecen productos para todos los gustos. Y cualquier persona
que esté caminando por la calle y ve una, inmediatamente
se siente atraído por su lujo y brillo. Por su glamour.
Es que más allá del dinero que cuesten, las joyas
tienen un poder que excede su precio. Las joyas cuestan
por su trabajo de orfebrería, es cierto. Pero la materia
prima de ellas, sea oro, diamantes, o lo que fuera, está
estrictamente ligadas al valor desde tiempos inmemoriales. La
dificultad en la extracción y la escasez hacen de estos
metales con los que se fabrican las joyas, constituyan un símbolo
de deseo y poder.
Las joyas datan de remotos tiempos, aunque no se conoce bien
su origen.
Las joyas antiguas se empleaban para distinguir a seres elegidos
entre los habitantes de poblaciones antiquísimas y también
eran donadas en ofrendas a los dioses. Luego, estas joyas conformaban
las coronas de los reyes más reconocidos y los no tanto
también.
La corona de oro con incrustaciones de piedras preciosas-
era el elemento que daba poder, tanto político como económico.
Estas joyas se pueden dividir en dos clases: las joyas metálicas
y las joyas no metálicas.
Las primeras son piedras preciosas mejoradas, a las que por
medio de un procedimiento de tallado de precisión, un
joyero les incrementa su belleza y su valor. Y este valor se
mide por peso, pureza, color y talla.
Las joyas metálicas están confeccionadas en metales
preciosos como el oro, plata y platino.
El joyero transforma los metales en adornos
tales como anillos, aros, cadenas y colgantes.
Y la calidad o pureza de estas joyas
metálicas se miden en kilates. Ejemplos de estas bien
pueden ser no solo las coronas, sino también las tiaras,
anillos, sortijas, sellos, alianzas, pulseras, brazaletes, collares,
cadenas, torques, cordones, colgantes, medallones, pendientes,
broches, cetros y orbes.
De todas estas permanecen solo en la
actualidad las de mayor valor utilitario. Ya nadie saldría
a la calle con una corona o un cetro, ¿no? Excepto el
matrimonio Kirchner, claro.
La historia de la humanidad, entonces, no tiene sentido sin
la historia de la joyería. La fabricación de joyas
es una de las artes más antiguas del mundo. Los pueblos
primitivos usaban conchas, piedras o flores a fin de obtenerse
el poder mágico que asignaban a estas joyas. Y además
se les otorga a las joyas poderes mágicos y simbólicos.
En efecto, en el Egipto antiguo, más
allá de la arista decorativa, las joyas poseían
funciones mágicas o religiosas, tanto por sus formas
como por los materiales usados.
Es por esta razón, que los hombres
llevaban las joyas y no solo las mujeres. Ya en la Europa medieval,
las joyas se reservaban a los religiosos, a los soberanos así
como a los negociantes. La joya era entonces un patente símbolo
de autoridad.
Es cierto que la democratización
de las sociedades modernas alteró en algo esta tendencia.
Pero este espíritu de diferenciación o estratificación
social, tiene en las joyas un símbolo de identificación
ineludible e incontrastable.
Quien usa un Rolex o un Cartier, casualmente colgado de su muñeca,
no es mirado de la misma forma que quien calza un Casio electrónico.
Y lo mismo ocurre con un buen anillo de diamantes, esmeraldas
o rubíes.
Existe buena bijouterie, es cierto, pero
al igual que en el Egipto Antiguo o en las Monarquías
Medievales, los reyes siguen siendo reyes.