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EVARISTO CARRIEGO(1)
Jos»
Gabriel *

*
Destacado ensayista y escritor argentino de origen
espa³ol. Sus obras m.s significativas: "La fonda",
"La bandera celeste", "Vida del General
Lamadrid" y "Vida y muerte en Arag¤n"
-
Acompa³an
la presente edici¤n las nota publicada en la revista
"Pegaso" de Montevideo, de Vicente A.
Salaverry y la de AnÃbal Ponce, aparecida en la
revista "Nosotros", de Buenos Aires.
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UNA
VIDA SIMPLE
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Naci¤ Evaristo Carriego, poeta de Buenos Aires, el
dÃa 7 de mayo de 1883, en la ciudad de Paran., capital
de la provincia de Entre RÃos.
En la polÃtica y en el periodismo entrerrianos, a
fines del siglo ôltimo figur¤ con singular relieve
un Evaristo Federico Carriego, afamado, sobre todo
Ç y tambi»n temido Ç como polemista. Era el abuelo
del poeta. Tuvo un hijo, llamado Evaristo Federico
tambi»n. Cas¤ este ôltimo con do³a Angela Giorello,
en la misma ciudad de Paran., y de esa uni¤n naci¤
nuestro poeta, que como el padre y el abuelo, se llam¤
Evaristo Federico.
Hasta 1887, Carriego permaneci¤ en su ciudad natal.
A los cuatro a³os de edad, la familia se traslad¤
a Buenos Aires. Residi¤ dos meses aquÃ; luego por
espacio de dos a³os, en La Plata, y por ôltimo, en
1889, se radic¤ definitivamente en la capital federal.
TenÃa entonces el chico seis a³os y fue enviado a
la escuela primaria. Se mostr¤ sumamente aplicado
al estudio. Desde el comienzo, dio prueba de una memoria
excepcional. Cuentan los suyos, que, a poco de iniciado
en la escuela, vino a casa y se puso a leer de corrido
las p.ginas de un texto escolar: las habÃa aprendido
de memoria, punto por punto, en una lectura de la
maestra.
La primera escuela a que concurri¤, era particular:
la de las se³oritas Negri, conocidas educadoras argentinas.
Curs¤ en ella los tres primeros grados; del tercero
al sexto, estudi¤ en la escuela pôblica RodrÃguez
Pe³a. Concluidos los estudios elementales, inici¤
los secundarios; rindi¤ hasta el tercer a³o, incluso,
en el colegio nacional Sarmiento, entonces denominado
colegio nacional Norte. HabÃa mostrado afici¤n por
la carrera de las armas, y tent¤ el ingreso en el
Colegio Militar; pero, examinado fÃsicamente result¤
corto de vista, por lo que no fue admitido en el instituto.
Entonces, dej¤ todo estudio regular y se dedic¤ a
vagar y a leer a discreci¤n sin guÃa ni m»todo.
Por el momento, como puede verse, la vida de Carriego
es de una simplicidad exterior absoluta. Su infancia,
tuvo hogar, paz, letras y una gran franquicia familiar
para tentar la realizaci¤n de sus aspiraciones. Y
asà fue toda su vida, pl.cida exteriormente, sin objeto
inmediato y sin motivos de voluntad. Hasta aquella
gran capacidad mnem¤nica y aquella cortedad visual
que habÃa revelado de ni³o, fueron luego sus caracterÃsticas
m.s notables.
VivÃa a la saz¤n en la casita de Palermo que fue su
atalaya espiritual m.s destacada y que todavÃa ocupan
los suyos. El barrio Ç hoy modernizado, limpio, recogido,
comôn, sin malevos ni conventillos -, era lo que el
Maldonado actualmente: un suburbio miserable, destartalado,
lleno de chicos y de ro³a, aunque, en realidad, no
fue nunca exactamente el que nos pint¤ Carriego, que
se parece mucho m.s al de la Boca. Carriego, alternaba
sus lecturas con picarescas correrÃas por el barrio,
en las que, segôn sus compa³eros de entonces, nunca
se mostr¤ demasiado audaz. EspÃritu esencialmente
imaginativo, sentÃa las cosas con una intensidad que
le impedÃa afrontarlas airosamente. M.s tarde, le
veremos convertido en un exaltado Quijote interior,
con apariencia y hechos de un corderillo.
Sus lecturas, eran casi exclusivamente literarias
e hist¤ricas. De historia, le cautivaba la vida de
napole¤n, que conocÃa muy bien; en literatura, tenÃa
marcadas preferencias por la poesÃa y la novela rom.nticas.
Nadie como Hugo, con su grandilocuencia verbal, para
encender sus entusiasmos de adolescente; nadie como
Dumas, con su habilidad en la intriga caballeresca,
para satisfacer su exaltada imaginaci¤n. Y, tanto
en historia como en literatura, le atraÃa particularmente
todo lo que llevase un sello de heroÃsmo deslumbrante.
Por eso amaba tanto a don Quijote, tambi»n, y por
eso (aunque con un cierto dejo ir¤nico que, por lo
menos, salvaba la natural distancia entre uno y otro
personaje) rememoraba con cari³o a Juan Moreira. TodavÃa
recuerdan sus hermanos lo dado que era a luchar y
a canchar con ellos, queriendo imitar al gaucho diestro
y corajudo. Por cierto que, a pesar de ser el mayor,
era como el m.s debilucho, no siempre lograba vencerlos,
y cuando no los vencÃa directamente, les hacÃa trampas.
Debi¤ empezar a escribir versos, de los diez y ocho
a los veinte a³os. A los veinte, le vemos introducido
ya en los cÃrculos intelectuales de la capital. El
primero que frecuent¤, fue la redacci¤n de La Protesta.
"La Protesta" Ç dice M.s y PÃ, - era
entonces no un diario anarquista, terrible y pavoroso,
sino un simple diario de ideas, donde se hacÃa m.s
literatura que acracia y donde el encanto de una bella
frase valÃa m.s que todas las aseveraciones de Kroporkine
o de Jena Grave" (1). A todos los concurrentes
a su redacci¤n (en esa »poca, libre de policÃas disfrazados
de anarquistas), los unÃa, antes que una convenci¤n
ideol¤gica explÃcita, el supuesto de una comunidad
de aspiraciones intelectuales y la actitud verbal
rebelde (esa sÃ, comôn, sin duda alguna) ante la corrompida
sociedad burguesa, que habÃa que destruir. No era
una doctrina polÃtica, claramente comprendida y acatada
con toda responsabilidad, la que los movÃa: era un
vago Ç y muy noble, es claro Ç sentimiento de justicia
y de elevaci¤n, que de socialismo y anarquismo no
tenÃa m.s que el nombre.
Carriego, en ese cÃrculo era un so³ador m.s. A medida
que fue avanzando en a³os, el sentimiento nacionalista
Ç un sentimiento casi patriotero Ç fue ganando su
coraz¤n. En plena juventud, hablaba con un primitivo
tono patri¤tico, escudado en un impreciso ideal americanista
o criollista, y esa fue probablemente, su actitud
m.s sincera en la cuesti¤n social. Sin embargo, en
sus veinte Ç en la »poca de La Protesta, -
aparecÃa como un defensor del internacionalismo que
aôn hoy habrÃa resultado izquierdista en nuestros
partidos obreros. Tres sonetos hay de esa »poca suya
que no figuran en ninguna de las ediciones de sus
versos y que de seguro recuerdan muy pocas personas.
Est.n publicados en la revista La Gaceta (2),
ya desaparecida, y se titulan Los Desheredados,
Patria... y Demoliendo. En el primero,
canta a
-
Los que lloran su noche entristecida
-
sin creer en la aurora del ma³ana;
-
Pero que enarbolan
-
el negro pabell¤n de su miseria,
-
Donde
-
...impresa
- con
sangre est., la roja Marsellesa
- de
la triunfal revoluci¤n futura!
En el segundo, reniega de "la patria que avasalla
la libertad", anhela "la patria universal
del hombre" y promete no "quemar el incienso
de su canto"
En los altares de un ideal mentido!
En el tercero, por fin, repitiendo con otro motivo
la idea contenida en los anteriores, toma como sÃmbolo
de la revoluci¤n al alba³il, que,
-
Cantando gime, y en su af.n profundo
-
parece que a los grandes de este mundo
-
profetizara en sus vibrantes tonos
-
que ante el golpe y la fuerza destructora
-
de la social piqueta redentora,
-
caer.n deshechos los podridos tronos!
El acento de estos versos, es vibrante y claro. Lo
es igualmente el de otra composici¤n por el estilo,
publicada en MartÃn Fierro pocos meses despu»s
y no reproducida tampoco en volumen. Se titula De
la vida y es, ciertamente, segôn uno de sus propios
versos, como el "Miserere fatal de los jornales",
en el que va implÃcita una honda rebeldÃa social,
la rebeldÃa del que ve pobres de cuerpo y de alma
por culpa de los malditos opresores, a los pobres.
Con todo Ç insisto Ç no serÃa lÃcito suponer en ninguno
o casi ninguno de los tertulianos de La Protesta,
una adhesi¤n franca al credo socialista; y en Carriego,
menos aôn. Era el suyo, m.s bien, un socialismo sentimental,
cuyo m¤vil lo constituÃa el deseo de redimir a los
pobres de su miseria, sin saber por qu» medios. El
final mismo del tercero de los sonetos glosados ("caer.n
deshechos los podridos tronos") indica claramente
que daba a su actitud un exclusivo significado polÃtico,
es decir, que atribuÃa la causa de los males sociales
a determinadas formas de gobierno pôblico, no a la
propia constituci¤n de la sociedad, como habrÃa correspondido.
Por lo dem.s, en esta su primera posici¤n avanzada,
hay que ver, ante todo, el resultado de una natural
sugesti¤n del medio que frecuentaba.
Literariamente, una an»cdota que refiere M.s y PÃ,
da idea clara de la situaci¤n de Carriego en esta
»poca. Cuenta M.s y PÃ que, hall.ndose una tarde en
la redacci¤n de La Protesta, le oy¤ a un desconocido,
a su lado, pronunciar el nombre de Almafuerte.
"Arroj» la pluma Ç a³ade Ç e interviniendo
un poco brutalmente en la conversaci¤n, interrogu»:
- ¯Qu» dice usted de Almafuerte? Ç El joven desconocido
me mir¤ un momento con peque³os ojos de miope y
en vez de responder interrog¤ a su vez:
- ¯Y usted, qu» opina de »l? Ç Yo, respondÃ, que
es el primer poeta de nuestra lengua. - ¯Y usted?
Ç Lo mismo digo ...compa³ero! (4)
Con veintiôn a³os de edad, un af.n socializante muy
noble, Almafuerte por poeta supremo y Juan M.s y PÃ
como amigo y conmilit¤n (pues desde ese mismo momento
se hicieron muy amigos), vemos, pues, a Carriego incorporado
al ambiente literario porte³o, donde poco antes nadie
conocÃa su nombre. Era la »poca de los cen.culos literarios
en Buenos Aires. En caf»s, en redacciones de peri¤dicos,
en viviendas particulares, en todos lados se formaban
peque³os cÃrculos de escritores, donde diariamente
se fundaba alguna revista y se ejercitaba el ingenio
en chistes de oportunidad. Carriego, se introdujo
con gran facilidad en todos ellos. "Mientras
lo dem.s (vuelve a hablar M.s y PÃ) se retraÃan o
buscaban el natural encasillamiento de un grupo determinado,
Carriego estaba en todos y vivÃa con todos. El caf»
de los Inmortales, y el s¤tano del Royal S»ller, la
Brasile³a y el Bar Luzio, le vieron asiduo concurrente.
Frecuent¤ la redacci¤n de La Naci¤n y la de
éltima Hora. No desde³¤ los grupos modestos
de principiantes y fue acogido en los m.s altos. Puede
decirse que nadie como »l entr¤ m.s f.cilmente en
todos los ambientes, nadie supo hacerse aceptar con
mayor prontitud".
M.s que sus versos, era su persona lo que asà atraÃa.
No faltan quienes conservan de »l todavÃa una impresi¤n
poco grata. Y, en efecto, por momentos, especialmente
en los corrillos de caf», gustaba de hablar con cierta
suficiencia de sà mismo, proclamando su talento, con
lo que daba una sensaci¤n antip.tica de petulancia.
Tal comportamiento, sin embargo, no era m.s que el
resultado de moment.neas ofuscaciones suyas ante la
incomprensi¤n de los dem.s; era, por otro lado, el
achaque inevitable en todas estas tertulias de literatos
y periodistas, donde se juega a la burla y a la hipocresÃa
y donde es necesario ser superficialmente chistoso,
o se es pedante, so pena de pasar por poco. Cuando
en el cÃrculo o redacci¤n se le recibÃa con franqueza,
o cuando daba con el amigo dispuesto a escucharle
con cari³o, era modesto, humilde y de una ingenuidad
infantil. Entonces, estaba en lo suyo y cautivaba.
De 1904 a 1908, entrado ya de lleno en la vida literaria,
public¤ muchas composiciones po»ticas en diarios y
revistas, particularmente en Caras y Caretas
cuyas p.ginas popularizaron pronto su nombre. Por
el alma de don Quijote Ç la poesÃa que luego sirvi¤
de inicial a Misas Herejes Ç da cuenta detallada
de su espÃritu en esta »poca. Aborrece hondamente
el af.n positivista del medio,
-
Porque asà van las cosas: la m.s simple
creencia
-
requiere el "visto bueno"
y el favor de la Ciencia:
-
si a ella no se acoge no prospera y,
acaso,
-
su propio nombre pierde para tornarse
"caso".
-
Le disgusta, asimismo, la manÃa ir¤nica
del ambiente:
-
Pero me estoy temiendo que venga algôn
chistoso
-
con s.tiras amables de burlador donoso,
-
o con mordacidades de socarr¤n hiriente,
-
y descubra, tan grave como ir¤nicamente
-
- a la sandez de Sancho se le llama
ironÃa Ç
-
que mi amor al Maestro se convierte
en manÃa. (6)
Contra este positivismo rampl¤n y este h.bito burlesco
(caracterÃsticas que todavÃa lo son hoy, en gran parte,
de nuestro ambiente literario), Carriego invoca al
idealista y tr.gico h»roe manchego,
-
al énico, al Supremo, al famoso Caballero
-
a quien "pide" que siempre
"le" tenga de su mano.
Al mismo tiempo, se siente enojado por los poetas
decadentistas y preciosistas, que, a pesar de haber
iniciado ya su decadencia en la capital, todavÃa dominan
sobre los dem.s, excepto sobre Almafuerte. Le enojan,
en particular, porque los supone acaramelados, afeminados.
En su sinceridad m.s Ãntima, era una mujercita, y
no de otra manera podÃa haber llegado, como lleg¤,
a sentir tan intensamente el dolor de los que sufren
en silencio. En sus versos, los hombres sufren femeninamente,
como sufre »l mismo en su vida. No obstante, de palabra
profesaba el culto de la maschilit. (es insuperable
este vocablo italiano), el culto criollo del coraje
- fcuidado que nadie pensara que no era capaz de pelear
con la partida, fac¤n en mano, o trompearse con el
mejor, o aun de llevarse un mundo por delante!;- y
vedle, tan suave en sus hechos, ensalzando, contra
los poetas versallescos, la rudeza hombruna:
-
Si de estas cuerdas mÃas, de tonos
m.s que rudos,
-
te resultasen .speros los rendidos
saludos,
-
y quieres blandos ritmos de credos
idealistas,
-
aguarda delicados poetas modernistas
-
que alabar.n en oro tus posibles desdenes
-
coronando de antorchas tus olÃmpicas
sienes,
-
devotos de la blanca lis de tu aristocracia,
-
con que ilustro los rojos claveles
de mi audacia;
-
o espera, seductora, decadentes orfebres
-
que graben tus blasones en sus creadoras
fiebres:
-
yo, trabajo el acero de temples soberanos:
-
los sonantes cristales se rompen en
mis manos. (7)
Constante era su preocupaci¤n por dar una sensaci¤n
de hombrÃa.
Le hemos conocido socialista e internacionalista detonante
en La Protesta. Ahora, Carriego se ha hecho
nacionalista. Otro resultado de su fastidio para con
los poetas decadentes. No hablaban esos poetas sino
de personas y cosas extranjeras y extraterrestres.
Carriego, por oponerles la vida local y real del suburbio,
que sentÃa, cae en una confusi¤n ideol¤gica y adopta
un patriotismo elemental, un patriotismo con frecuencia
agresivo Ç observa M.s y PÃ, - ese patriotismo que
tiene por caracterÃstica notable la xenofobia, y es,
m.s bien que amor a lo de casa, odio sistem.tico a
todo lo de fuera. Por fortuna, de ello no queda m.s
que el recuerdo de los que le escucharon.
Su vida, la empleaba en estos momentos en charlar,
en escribir, en dormir...No tenÃa necesidad de trabajar
para ganarse el sustento. SolÃa permanecer en cama
hasta cerca del mediodÃa. Cuando, por casualidad,
se levantaba m.s temprano, iba a pasear por los jardines
de Palermo, donde m.s de una vez lo encontraba todo
taciturno algôn amigo. Cuando no, despu»s de almorzar
leÃa o escribÃa un rato; luego salÃa en direcci¤n
a la casa de algôn compa³ero; por lo regular, a la
de M.s y PÃ, "all. en la calle Suipacha y Cangallo
Ç dice este ôltimo, - un tercer piso cuya terraza
delantera nos permitÃa perder horas y horas en est.tica
contemplaci¤n, discutiendo, algunas veces sobre todo
lo existente, las m.s de ellas atendiendo yo los interminables
mon¤logos de Carriego" . De regreso en su casa,
en seguida de cenar tomaba la calle otra vez y volvÃa
a visitar a un amigo o se metÃa en el caf», donde
se reunÃa con otros colegas. El caf» a que concurrÃa
con mayor asiduidad, era el de los Inmortales, nombre
que le dio »l mismo, segôn la cr¤nica contempor.nea
de una revista ya muerta, Papel y Tinta. AllÃ,
en un bulliciosos corro de bohemios, ante una mesa
con vacÃas tazas de caf», permanecÃa horas y horas
en charla continua y en un abandono absoluto del mundo
exterior. Le gustaba recitar sus versos, lo que, dado
el privilegio de su memoria, hacÃa sin tropiezo. A
las tantas de la noche, dejaba el caf» y, casi siempre
acompa³ado por alguno de los contertulios, a quien
seguÃa recitando versos y m.s versos, tomaba camino
de Palermo. Con algunas visitas dominicales al autor
del Misionero, en La Plata, fue lo que hizo
hasta su muerte.
En 1908, apareci¤ su primer y ônico libro, Misas
Herejes, cuyo contenido se conocÃa ya casi totalmente
por las publicaciones en los peri¤dicos. La crÃtica,
le dispens¤, en general, una acogida favorable; sobre
todo, a causa de su aparente sentido realista y en
oposici¤n a las corrientes simbolistas que la poesÃa
argentina habÃa llevado hasta una exageraci¤n insoportable.
Los amigos y admiradores, en crecido nômero, le ofrecieron
un banquete de homenaje. Fue su consagraci¤n definitiva
Ç e inmerecida, ciertamente, con ese mal libro Ç en
nuestro medio intelectual y artÃstico.
Despu»s de aparecido el libro, continu¤ publicando
versos en las revistas. Tambi»n hizo periodismo an¤nimo,
alguna que otra vez. En La Raz¤n, apareci¤
algôn reportaje suyo, uno de ellos a Martiniano
Leguizam¤n, cuya obra nacionalista Ç ni que decirlo
Ç admiraba especialmente. En el borrador de ese reportaje,
que tengo a la vista, escribe Carriego: "quien
haya leÃdo Montaraz, Alma nativa, etc»tera,
sabr. que son el documento m.s admirable de nuestra
literatura criollista, al par que la m.s fiel, la
m.s veraz interpretaci¤n del ambiente en el cual se
desarrollan los episodios tr.gicos, »picos o picarescos
que rigen los diversos motivos del libro".
En un peri¤dico,
La Uni¤n,
de Rauch (prov. de Buenos Aires), public¤ versos s.tiros
sobre la polÃtica local, y en la revista policial
L.C., de aquÃ, unas d»cimas en lenguaje lunfardo,
bajo el seud¤nimo de El Barretero. A la vista
tengo tambi»n los borradores de un artÃculo festivo
sobre los desmanes de la tiranÃa de Rosas, escrito
para esa revista y que no se si lleg¤ a publicar.
El papel, ostenta el membrete rojo del caf» Don Quijote...Ninguno
de estos trabajos tiene otra significaci¤n que la
que puede d.rseles biogr.ficamente.
En su vida, la ônica variante que introdujo despu»s
de publicado su libro, apenas merece recordarse: un
enredo amoroso, no muy pasional, por cierto, con una
temporera. Es el ônico amorÃo que se le conoce.
La jovialidad con que en un principio le conocimos,
en los ôltimos a³os de su vida fue cediendo notablemente
a la melancolÃa y al retraimiento espiritual a que
tampoco en los comienzos se habÃa mostrado ajeno.
Son los a³os en que canta dulcemente y resignadamente
a todos los que sufren en silencio. Ha hecho a n lado
el adem.n descompuesto de su h»roe favorito; ha podado
su pluma de las estridencias rom.nticas. Ahora, ni
grita ni gesticula; ahora ni conoce a los hacedores
del mal, ni le importan, sean ellos el prometido que,
un buen dÃa, sin saberse por qu», abandon¤ a la novia
"con toda la ropa hecha", o el "sin
verg½enza que no la hizo caso despu»s...", o
el padre que "grita, brutal, borracho Ç como
siempre que vuelve de la cantina", o, en fin,
todos los que maltratan a Mamboret. por el barrio.
S¤lo ve, s¤lo busca al paciente, a "la muchacha
que siempre anda triste", a "la enferma
que trajeron anoche", al "hombre que tiene
su secreto", al "silencioso que va a la
trastienda", a los que, en torno a la mesa rezan
-
la oraci¤n, noche a noche tartamudeada,
-
por aquella perdida, desamorada,
-
que hace ya cinco meses dej¤ el hogar.
(8)
¯Qui»n fue el malvado?. No lo sabe, no quiere saberlo.
Don Quijote, impaciente ante el mal, ha cedido el
puesto a un franciscano. Ya no intenta castigar a
los pecadores: prefiere sufrir con los tristes, haci»ndose
hermano de ellos en dolor. Ahora es cuando Carriego
est. en plena posesi¤n de su espÃritu. En sus versos,
de continente sereno, hay un h.lito de tragedia inquietante.
S¤lo el sentimiento de lo fatal los inspira.
Siempre se habÃa mostrado extremadamente aprensivo.
En su casa, apenas se atrevÃan a darle noticias de
muerte: lo desazonaban por completo. En sus ôltimos
a³os, esta aprensi¤n suya fue mucho m.s intensa, agravada
aôn con el fallecimiento de su padre, ocurrido poco
antes del suyo. ParecÃa que s¤lo hallaba alivio en
las confidencias amistosas, que se procuraba cada
vez con mayor af.n. Uno de sus confidentes Ãntimos
de estas horas, fue Marcelino del Mazo, a cuya solicitud
se debe en buena parte el enaltecimiento de la memoria
de Carriego.
FÃsicamente, aunque de constituci¤n bastante d»bil
(era flaco, de regular estatura, apariencia un poco
vasta en conjunto, de ojos hondos, en contraste notable
con su tez p.lida), nunca habÃa dado muestra de serio
malestar. A fines de 1911, tuvo un ligero ataque de
apendicitis, que por entonces se atribuy¤ a una indisposici¤n.
El ataque, se renov¤ a mediados de 1912, tambi»n levemente.
El primero de octubre del mismo a³o, se sinti¤ atacado
por tercera vez; pero ahora, de tal suerte que se
vio obligado a guardar cama en seguida. Doce dÃas
permaneci¤ en el lecho. El trece, a la madrugada,
falleci¤. (9)
|
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NOTAS
-
Juan M.s y PÃ. "El poeta Evaristo Carriego"
rev. "Renacimiento", Buenos Aires, marzo
y
junio de 1913.
-
"La Gaceta", de JoaquÃn Fontenla; rev.
Quincenal, NÉ 10, julio 31 de 1904, Buenos Aires.
-
"MartÃn Fierro", de Alberto Ghiraldo;
rev. Semanal. NÉ 36, noviembre 14 de 1904, Buenos
Aires. Esta composici¤n, las tres anteriores y
otra de "El almanaque de La Protesta"
del mismo a³o son, seguramente, las primeras que
public¤. La firma (Evaristo F. Carriego) comprendÃa
entonces la inicial de su segundo nombre, que
despu»s dej¤ de usar.
-
ArtÃculo citado.
-
"Por alma de don Quijote", de "Misas
Herejes".
-
Id.
-
"En su °lbum" (a la se³ora Sylla Silva
de M.s y PÃ), de "Misas Herejes".
-
"Por la ausente", de "La canci¤n
del barrio" (poemas p¤stumos).
-
La creencia comôn, es que muri¤ tuberculoso. El
propio M.s y PÃ, que lo trat¤ tan Ãntimamente,
en el estudio mencionado dice: "La enfermedad
que comenzaba a minar su organismo..." Con
palabras parecidas se expresan casi todos los
que fueron sus amigos. Por mi parte, sin rechazar
definitivamente tales versiones, me ha parecido
prudente aceptar por ahora la informaci¤n de sus
deudos. Por prudencia tambi»n, no he querido acoger
las mil an»cdotas de diversa Ãndole que cuentan
todos los que dicen haber conocido a Carriego
personalmente, aunque con ello, la biografÃa que
dejo trazada aparezca, quiz., demasiado esquem.tica.
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|
II
LA
POES¹A ARGENTINA HASTA CARRIEGO
Antes de entrar en el an.lisis de la obra de Carriego,
convendr. dar una informaci¤n general de la poesÃa
argentina hasta la aparici¤n de nuestro poeta, para
facilitar su ubicaci¤n hist¤rica.
Entre dos ramas, paralelas entre sÃ, se divide la
historia de la poesÃa argentina desde sus comienzos
(1830): la pura y la mestiza, la nativa y la extranjera,
la criolla y la europeÃsta (el nombre no importa mayormente
ahora). Vamos a considerarlas por separado.
La rama mestiza o extranjera o europeÃsta, tiene cuatro
perÃodos definidos: el rom.ntico, el clasicista,
el modernista y el de conciliaci¤n.
El primero, va de 1830 a 1880, y lo llena la obra
de cuatro poetas: EcheverrÃa, M.rmol, Andrade y Ricardo
Guti»rrez. El segundo, de 1880 a 1895, y lo representan
Guido y Spano, Obligado y Oyuela. El tercero, comprende
de 1895 a 1905, con Lugones como se³or. De 1905 a
1907, hay un intervalo de desorientaci¤n, con las
exageraciones modernistas, por un lado, y el disgusto
que empezaban a provocar esas exageraciones, por otro.
Si quisi»ramos caracterizar con algôn nombre este
breve perÃodo de transici¤n, Ricardo Rojas serÃa el
adecuado; su obra negativa, contiene todo lo malo
del modernismo llevado a su extremo, y todo lo malo
de la reacci¤n clasicista mal entendida: curiosa dualidad
de un poeta, que se funde con su origen en una ônica
causa: falta de inspiraci¤n. En 1907, surge Branchs,
y, a la inversa de Rojas, se incorpora todo lo bueno
de lo anterior, de manera que su obra constituye el
cuarto perÃodo, o sea, el conciliatorio, en que aparecen
aquilatadas las conquistas duraderas del modernismo,
del clasicismo y del romanticismo.
En el arte, los nombres de escuelas o tendencias se
han creado para lo accesorio. El arte verdadero, en
todas las »pocas, en todas las latitudes, no tiene
m.s que un nombre: arte, y esa es la representaci¤n
de la realidad Ç ya existente o ya posible Ç a trav»s
de los estados de .nimo. Aun los nombres de g»neros
Ç lÃrica, epopeya, dram.tica, novela, etc. Ç se refieren
a meros procedimientos. Naturalmente, hay »pocas en
el arte, y con las »pocas, gustos o tendencias. En
momentos dados, los artistas siguen m.s o menos fielmente
a la realidad observada, se preocupan m.s o menos
por lo que es o por lo que pudiera ser; prefieren
unos u otros temas; adoptan unos u otros modos de
expresi¤n. Entonces es cuando puede hablarse de clasicismo,
de romanticismo, de naturalismo, de simbolismo y de
todos los ismos imaginables. Pero esos nombres, son
siempre adjetivos, y , una de dos: o pueden a³adirse
al t»rmino arte, o no tienen significaci¤n. Si lo
segundo, no hay por qu» tenerlos en cuenta; si lo
primero, no representan otra cosa que una variante
superficial en la esencia artÃstica, que es: satisfacci¤n
del anhelo imaginativo por medio de los elementos
que nos proporciona la realidad. Un centauro, es ya
la encarnaci¤n viva de un elemento fant.stico. Por
eso a la vuelta de innovaciones y revoluciones, siempre
bulliciosas, lo simplemente adjetivo va elimin.ndose
poco a poco, y queda como ônico objeto perdurable
aquello que observa ese justo medio realista.
Siendo tal la naturaleza del arte, la condici¤n principalÃsima
de su originalidad no puede ser otra que el contenido
de la emoci¤n del medio circunstante al artista. Ricardo
Rojas, precisamente, tan mal poeta, lo ha formulado
concluyentemente como crÃtico: "El arte que se
universaliza es el que vive por el aliento de la tradici¤n
y por la emoci¤n del paisaje nativo, como los poemas
hom»ricos o el Romancero del Cid" (1). No hay
m.s que a³adir, que el paisaje puede ser, indistintamente,
nativo o adoptivo, con tal de que se sepa adoptarlo
Ãntimamente.
Esto sentado, ¯qu» grado de originalidad y, por lo
tanto, de universalidad y, por lo tanto, de verdadero
arte ofrece la poesÃa argentina en la rama se³alada?.
Parece que, en la sola calificaci¤n que le hemos dado
Ç mestiza, extranjera, europeÃsta - , est. ya contenida
la respuesta conveniente: ninguna, o muy poco menos,
es su originalidad. Estar dentro de una tradici¤n,
no es copiar o imitar lo pasado, sino adecuar el pasado
al presente; no es permanecer estancados en ningôn
instante pret»rito, sino ubicarse en lo dado y remozarlo
con la evoluci¤n de la sensibilidad. Ahora bien, los
rom.nticos y los clasicistas argentinos (estos ôltimos,
mayormente, y de ellos, mayormente aôn, Guido y Oyuela),
se estancaron en lo pasado, y los modernistas, ignoraron
deliberadamente todo lo que les era anterior en la
lengua en que se expresaban y en su historia nacional.
Unos por anquilosados y otros por renegados, ambos
permanecieron, pues, fuera de la tradici¤n, ambos
carecieron de originalidad. Por lo que toca a la emoci¤n
del paisaje nativo, ninguno supo darla tampoco. De
los modernistas, no hay que hablar, pues adrede se
extra³aron de su medio. Los anteriores, tuvieron la
intenci¤n de pintar y cantar las personas y las cosas
de aquÃ; pero sojuzgados enteramente por los rom.nticos
y clasicistas espa³oles o franceses, no las vieron,
a pesar de que otra cosa parezca decir la frecuente
menci¤n de sus nombres. Si los modernistas (y con
esto no se dice nada de DarÃo) pertenecen, en calidad
de imitadores, a la historia del simbolismo y el decadentismo
po»tico franc»s, Andrade, Guti»rrez, M.rmol, EcheverrÃa,
Oyuela, Obligado, Guido y CÃa. Entran, como poetas
de segundo orden, en una historia del romanticismo
y del clasicismo espa³ol. Tal vez se excluye parcialmente
Obligado, en cuanto por su Santos Vega puede
figurar, aunque secundariamente tambi»n, dentro de
la rama criolla de la poesÃa, de que en seguida se
va a hablar.
No sucede exactamente lo propio con Enrique Branchs.
Le ha faltado audacia en todo sentido, a este poeta;
en formas y en temas, esto es, en espÃritu, ha sido
excesivamente conservador. TenÃa aôn la preocupaci¤n
literaria de la poesÃa de los motivos y de la correcci¤n
formal. En una palabra: como todos sus antecesores
en el paÃs, fue demasiado literato todavÃa. ¯No hizo
un libro con cien sonetos?. Ni uno m.s, ni uno menos,
y sonetos todos. Y m.s habl¤ de lo que aprendi¤ en
los libros que de lo que pudo ver y sentir directamente
en la vida. Sin embargo, desde el punto de vista de
la tradici¤n, ni se petrific¤ enteramente, ni fue
renegado. Con una cultura cl.sica s¤lida y un claro
sentido de la evoluci¤n de la lengua, supo situarse
en el pasado y avanzar, aunque tÃmidamente. Ni es
un dÃscolo a la manera de Lugones, ni un arcaÃzante
como Oyuela. Es un hombre que sabe expresarse en el
lenguaje culto de su »poca. (Claro est. que, todo
esto, sin tener en cuenta la primera parte de El
cascabel del halc¤n, acrobacia lujosa de un conocedor
del idioma y nada m.s). En cuanto respecta a la palpitaci¤n
de su medio, tambi»n supo a veces darla en su obra
con la aplicaci¤n a motivos del ordinario vivir en
su ciudad. En »l concluye la poesÃa argentina importada
de Europa, y con »l da el primer fruto, por d»bil
que sea, a la historia universal del arte.
----------
Al tratar de la rama pura, nativa o criolla de nuestra
poesÃa nos encontramos con que ya no podemos establecer
distinci¤n por tendencias. énicamente nos es dado
dividirla por nombres de personalidades. Si se ha
reparado bien en todo lo dicho hasta ahora, este solo
detalle bastar. para presumir que es otra la opini¤n
que va a merecernos la poesÃa argentina que pasamos
a estudiar: es esencial y no ofrece notables variedades
formalistas.
En el otro campo, hemos podido dar nombres y fechas
precisas para la iniciaci¤n. AquÃ, no disponemos de
la misma facilidad: la poesÃa nativa, comienza con
los dichos populares, con las coplas de los payadores
ignorados, que corren an¤nimamente, de boca en boca,
entre el pueblo, desde los primeros pasos de la formaci¤n
del car.cter nacional. Yendo a lo impreso, sin embargo,
y ya de personalidad m.s definida, Hilario Ascasubi
(nacido en 1807), es, posiblemente, el iniciador,
con Santos Vega, Aniceto el Gallo, Paulino Lucero.
Le siguen Estanislao del Campo y Jos» Hern.ndez (nacidos
los dos en 1834), el primero, con Fausto, con
MartÃn Fierro el segundo.
Si las caracterÃsticas de esta poesÃa est.n ya dise³adas
claramente en los poemas de Ascasubi, y en Estanislao
del Campo, se acusan con m.s precisi¤n, no cabe duda
de que en MartÃn Fierro adquieren una expresi¤n
definitiva y alcanzan el m.ximo de potencialidad artÃstica.
Lugones, es un poeta mediocre; pero es un excelente
crÃtico, un hombre despierto, un espÃritu avisado,
y su juicio sobre MartÃn Fierro, que tantas
resistencias provoc¤ hace seis a³os, entre los eruditos
del paÃs, es, seguramente, terminante, por m.s que
reduzca su obra po»tica a la nada en que acabamos
de situarla nosotros tambi»n. An.logo fen¤meno ocurre
con Rojas, si bien, siendo inferior a Lugones como
poeta, lo es tambi»n como crÃtico. Su juicio sobre
MartÃn Fierro, lanzado a la par del de Lugones
e igualmente resistido en el medio intelectual del
paÃs, coincide con »l en considerar a la obra de Hern.ndez
como la piedra angular de la literatura argentina.
Es, en la Argentina Ç afirma Rojas, - lo que en Francia
la Canci¤n de Rolando, lo que en Espa³a MÃo
Cid; (2) es Ç corrobora por su parte Lugones Ç
una verdadera epopeya de la raza gaucha y evoca los
poemas de Homero. (3). Sin duda alguna.
Los dem.s poetas que hemos mencionado, fueron literatos,
ante todo. ¯Nos habremos entendido bien acerca del
sentido de esta palabra, literato?. La literatura,
para el escritor, es lo que el instrumento para el
obrero de cualquier oficio: un medio de realizaci¤n.
En consecuencia Ç sea el escritor poeta, cientÃfico,
fil¤sofo, etc. Ç la literatura es lo primero que debe
aprender a manejar; pero, asà como el carpintero no
puede confundir nunca los instrumentos de que se vale
en su trabajo, con el obrero que realiza, el escritor
no debe tampoco tomar la literatura Ç su medio de
obra Ç como un fin. No todos est.n dotados de las
aptitudes naturales para saber deslindar a tiempo
estos campos; la mayor parte, se queda en los medios,
como si constituyesen el ônico fin de su actividad.
Entonces, surge el literato. Asà fueron literatos
todos nuestros rom.nticos y clasicistas y modernistas,
y lo son lo m.s de nuestros escritores de hoy.
Es, justamente, lo contrario de lo que sucede con
Hern.ndez. Careci¤ de cultura literaria este poeta;
pero, hubi»rala tenido o no, el caso es que no lleg¤
nunca a tomar la literatura como un fin. Se aplic¤
a la vida, observ¤ a la vida, sinti¤ la vida. ¯La
habrÃa expresado mejor si hubiera adquirido un dominio
m.s seguro de su t»cnica? Es cosa que no nos interesa.
Cuando no se maneja bien la literatura y no se tiene
genio tampoco, se puede censurar la incorrecci¤n literaria.
En el caso de Hern.ndez, serÃa pueril esta censura
al lado de la grandeza artÃstica de su obra. MartÃn
Fierro, refleja fielmente una »poca, un medio,
un paÃs, con sus seres, sus cosas, su lenguaje, su
mentalidad, sus sentimientos: basta.
He ahà una obra original. Es de la pasta de todas
las obras de arte que se universalizan.
Despu»s de Hern.ndez, Obligado (el Obligado de Santos
Vega) que se puede contar como un intento de perfeccionamiento
literario de la poesÃa criolla. Mucho m.s instruido
que el autor de MartÃn Fierro, Obligado adecenta,
por asà decirlo, a Hern.ndez, a del Campo y a Ascasubi,
y, por momentos, en una forma algo m.s correcta, logra
dar la emoci¤n del paisaje nativo. Pero, era demasiado
literato para avanzar un paso sobre Hern.ndez; no
consigui¤ alleg.rsele siquiera. La preocupaci¤n por
la correcci¤n, por la decencia, por la literatura,
por lo consagrado, no le permite librarse de un t»rmino
medio sin fuerza de originalidad. Despu»s de Hern.ndez,
aôn despu»s de del Campo, aôn despu»s de Ascasubi,
no tiene objeto.
Almafuerte, es el primero que, en esta rama de nuestra
poesÃa, es decir, en nuestra poesÃa, da una nota nueva
al arte despu»s de MartÃn Fierro, Hasta Almafuerte,
la poesÃa es epopeya y es drama; en Almafuerte, es
lÃrica y did.ctica, principalmente. Cuesti¤n de g»neros.
En el fondo, una y otra es sinceridad artÃstica, es
liberaci¤n de la literatura. No soli¤ caer Hern.ndez
en vicio literario; Almafuerte, cay¤ muchas veces.
Con frecuencia es, lisa y llanamente, un literato
como todos los dem.s, decidor de palabras sin sentido
cabal, o con el sentido que quiera d.rseles; pero
tiene obra suficiente de artista verdadero, de artista
original, para suplir, con creces, todas las deficiencias
que en ese sentido puede ofrecer. Hern.ndez, hizo
hablar al gaucho, Almafuerte, es el gaucho de Hern.ndez,
ciudadanizado, que habla por su cuenta. Con la mentalidad,
los sentimientos, la filosofÃa, la mora, en fin, del
gaucho, y la visi¤n de la ciudad nueva, habla, truena
en nombre de una raza que se extingue en la inevitable
evoluci¤n.
Otros poetas que sentÃan su medio y su »poca, surgieron
bajo la »gida de Almafuerte. Ninguno tiene mayor significaci¤n.
Federico Guti»rrez, tal vez es el ônico que, en tÃmidos
tanteos, consigue dar algunas notas tÃpicas del ambiente
suburbano; pero se eclipsa totalmente al lado de Carriego,
al que es necesario llegar para encontrar un nuevo
y vigoroso elemento de la poesÃa nativa.
En una comparaci¤n somera de ambas corrientes de nuestra
poesÃa, pronto se advierte un detalle: el paralelo
progreso formal de las dos, un poco m.s acentuado,
naturalmente, en la europeÃsta. Los rom.nticos, se
limitan al empleo del endecasÃlabo y el octosÃlabo,
en sus ritmos corrientes, como sus cong»neres espa³oles;
los cl.sicos (porque es necesario convenir en que
Ascasubi, del Campo y Hern.ndez son nuestros cl.sicos
en la poesÃa), apenas usan otro metro que el octosÃlabo
y la d»cima como estrofa. Los clasicistas, amplÃan
sus medios con el dodecasÃlabo y el alejandrino; Almafuerte,
avanza hasta el ex.metro. Los modernistas, no conocen
limitaci¤n de metros. Branchs, se contiene un tanto,
y, sin descuidar una sola de las buenas formas modernistas,
da un valor especial a los cl.sicos moldes castellanos,
cosa an.loga, en parte, a lo que sucede con Carriego.
En este paralelismo, adem.s, se advierte una constante
influencia formal de la corriente mestiza sobre la
criolla.
Por otra parte, en la evoluci¤n de la poesÃa patria,
es de notar tambi»n este fen¤meno comôn a ambas corrientes.
La ciudad, va invadiendo al campo progresivamente,
hasta excluirlo casi por entero. Es lo que veremos
en Carriego, poeta de Buenos Aires.
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NOTAS
-
Citado por Roberto F. Giusti, en "Nuestros
poetas j¤venes"
-
Ricardo Rojas, conferencia inaugural de la c.tedra
de literatura argentina, en la Facultad de FilosofÃa
y Letras, 1914.
-
Leopoldo Lugones, conferencias sobre el payador,
en el teatro Ode¤n, 1914.
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III
UN
APRENDIZ DE POETA
En vida, como queda dicho, Carriego no dio a conocer
m.s que un libro, Misas Herejes. A su muerte,
se encontraron ordenados por su mano los materiales
de otro, sin tÃtulo, y una obra dram.tica en un acto
y en prosa, Los que pasan, estrenada luego,
el 16 de noviembre de 1912, en el teatro Nacional.
Revisando sus papeles, que su hermano Julio conserva
con todo cari³o, he hallado, por mi parte, los manuscritos
de tres composiciones po»ticas m.s, una de ellas,
muy extensa, una parodia licenciosa, no exenta de
ingenio, del Edipo. Estos escritos, los dem.s
mencionados en el capÃtulo I, y algunos otros que
quiz. figuren por ahà en revistas olvidadas o en poder
de particulares amigos del poeta, constituyen toda
su obra literaria. Para juzgarlo completamente, sin
embargo, basta con tener en cuenta el volumen de poesÃas
que, como homenaje a su memoria, editaron despu»s
de su muerte sus amigos y admiradores. El libro, fue
preparado por Enrique Carriego, hermano de Evaristo,
y Marcelino del Mazo y M.s y PÃ, y contiene Misas
Herejes Ãntegro, con m.s los poemas que tenÃa
ordenado el autor mismo, para la publicaci¤n. Es el
volumen que nos va a servir de guÃa en adelante.
---------
En cinco partes distintas se divide Misas Herejes:
"Viejos sermones", "EnvÃos", "Ofertorios
galantes", "El alma del suburbio" y
"Ritos en la sombra", mencionadas segôn
el orden de colocaci¤n que tienen en el libro. Las
tres primeras y la ôltima, ofrecen un mismo car.cter.
Las tendremos, pues, en cuenta como una sola, dejando
de lado "El alma del suburbio", que significa
un adelanto sobre las anteriores y como el puente
de tr.nsito a La canci¤n del barrio. (1)
Al trazar su biografÃa, Carriego se nos mostr¤ ya
como un enemigo del modernismo ambiente. Recu»rdese
la poesÃa dedicada a la se³ora Sylla Silvia de M.s
y PÃ:
-
Si de estas cuerdas mÃas, de tonos
m.s que rudos
-
te resultasen .speros los rendidos
saludos,
-
y quieres blandos ritmos de credos
idealistas,
-
aguarda delicados poetas modernistas...
Manifiestamente contrario a los poetas decadentes,
creÃa, pues, opon»rseles con su obra. He aquÃ, no
obstante, que, sin quererlo, sin pensarlo, era m.s
decadente y m.s simbolista y m.s preciosista que ninguno.
En esa misma composici¤n glosada, a rengl¤n seguido
de su expresi¤n ir¤nica contra los modernistas, escribe:
-
Palmera brasile³a, que al caminante
herido
-
ofrendaras tus d.tiles de Pasi¤n y
de Olvido,
-
en el Desierto énico: tô eres la apoteosis
-
que, nimbando de incendios sus fecundas
neurosis,
-
cruzas por los vaivenes de sus hondos
desvelos
-
como si fueras Luna de sus noches de
duelos.
-
Para hallar algo tan enf.tico, tan abstruso, tan
enrevesado, tan ridÃculo como esos seis versos,
es necesario recurrir.... a Carriego, ya sea en
esa composici¤n (escrita toda ella en el tono
de la muestra), ya en otras muchas de Misas
Herejes (tÃtulo de por sà simb¤lico, abstruso,
enf.tico tambi»n). No estar.n dem.s algunos ejemplos:
-
- En
un largo alarido de tristeza
-
los heraldos, sombrÃos, la anunciaron,
-
y las faunas errantes se aprontaron
-
a dejar el amor de la aspereza. (2)
. . . . . . . . . . . . .
-
Que tus p.lidas princesas de inefables
corazones
-
lleven lirios de tus rimas a un olÃmpico
PaÃs ...
-
con las hostias fraternales de tus
suaves comuniones
-
que el orfebre de los triunfos en tus
lÃricos blasones,
-
grave todos sus laureles con olivo
y flor de lis. (3)
-
. . . . . . . . . . . . . . . . .
-
En la gran copa negra de la sombra
que avanza
-
quiero probar el vino propicio a la
a³oranza. (4)
-
. . . . . . . . . . . . . . . .
-
La Epopeya del Triunfo se ha anunciado
sonora
-
al galope del rojo centauro de la Aurora
-
que llega, como heraldo de la Ciudad
lejana,
-
precursor del saludo, del laurel y
la diana. (5)
-
. . . . . . . . . . . . . . .
-
...Y despu»s de beber de tus castalias,
-
como en lago de amor tranquilo y terso,
-
fte besar» las sienes con un verso
-
para calzar de nuevo las sandalias!
(6)
-
. . . . . . . . . . . . . .
-
Fue al surgir de una duda insinuativa
-
cuando hiri¤ tu severa aristocracia,
-
como un sÃmbolo rojo de mi audacia,
-
un clavel que tu mano no cultiva. (7)
-
. . . . . . . . . . . . .
-
Y, asÃ, en tu vanidad, por la impaciente
-
condena de un orgullo intransigente,
-
mi rojo heraldo de amatorios credos....(8)
-
. . . . . . . . . . . .
-
Como las nerviosas manos de mi amada,
-
que, en largas teorÃas de gestos cordiales,
-
devotas del dulce crimen amatorio,
-
deg½ellan mis mansos corderos pascuales!
(9)
-
. . . . . . . . . . . . . . .
-
En un carro triunfal hecho de auroras,
-
y envueltas en flotantes muselinas,
-
con impudor de audacias femeninas
-
han llegado las nuevas doce horas.
(10)
-
. . . . . . . . . . . . . .
-
Cuando escucho el rojo violÃn de tu
risa,
-
en el que olvidados acordes evocas,
-
un c.lido vino Ç licor de bohemia Ç
-
me llena el cerebro de môsicas locas.
(11)
-
. . . . . . . . . . . . . . .
-
Enfermizas plenitudes
-
de emociones amatorias
-
modernismo de lo Raro,
-
de embriagueces ilusorias,
-
que disfrazan las crudezas de sus credos
materiales,
-
como f¤rmulas severas
-
de blasones impolutos,
-
que, discretos, disimulan
-
los salvajes atributos,
-
las paganas desnudeces de las fuerzas
genitales. (12)
Pero, basta.
En los pasajes transcriptos y en otros muchos m.s
que se pudieran transcribir, Carriego aparece con
todos los vicios del modernismo, elevados al cubo.
La vida que vive, no existe para »l al ponerse a escribir.
Ha leÃdo libros, ha leÃdo versos, libros y versos
en los que tampoco la vida conocida directamente,
palpitaba, y se ha creado una vida que quiere expresar:
la vida de lo raro, de lo ex¤tico, de lo enfermo,
de lo lôgubre, una vida infectada de todo mal, y mentida,
por otra parte. Y si alguna vez, por casualidad, repara
en la vida que le toca de veras, tampoco puede verla
al desnudo, tal como es, sino revestida de todo el
f.rrago de im.genes que le han dejado las lecturas
mal digeridas. Ha de decir que intent¤ darle un beso
a una mujer, y que ella, intransigente, interpuso
su mano entre ambas bocas (y esto no se sabe sino
despu»s de muy penosos esfuerzos), pero no, decirlo
asÃ, serÃa pedestre, no serÃa po»tico, y entonces,
llama "clavel" y "rojo heraldo de amatorios
credos" a sus labios, y al acto negativo de la
hembra, la ejecuci¤n del clavel con "la guillotina
de sus nobles dedos". Ha de alabar a una
buena se³ora brasile³a, cuya amorosa atenci¤n significa
un descanso para el luchador consorte, y tiene, primero,
que calificarla de palmera, y luego, referir su acci¤n
a los "d.tiles de Pasi¤n y Olvido", ofrendados
"en el Desierto énico", como "apoteosis
Ç que, nimbando de incendios sus fecundas neurosis
. . ." Y ¯qu» habr. querido decir con "los
rojos claveles de mi audacia", "largas teorÃas
de gestos cordiales", "mansos corderos pascuales",
"inefables corazones", "las hostias
fraternales de tus suaves comuniones", "la
gran copa negra de la sombra que avanza", "enfermizas
plenitudes"?. . . Esto es irritante. Y a toda
esta vaciedad se le ha llamado poesÃa, arte, durante
largos a³os.
El simbolismo, es, entre otras muchas cosas malas
(sobre todo, entre nosotros), como un fetichismo de
la palabra. Para los simbolistas, las palabras tienen
un fin en sÃ, y un fin supremo, y las endiosan. Cualquier
sustantivo, cobra a su vista una importancia ônica
de generalidad y abstracci¤n. Helos aquÃ, pues, arrodillados
ante los nombres m.s comunes, que escriben con mayôscula,
para que se advierta su adoraci¤n: Amor, Fatalidad,
Olvido, Mal, Pasi¤n, Ciudad, Triunfo, Aurora . . .Se
parecen en esto a los bur¤cratas. El empleado pôblico,
por lo regular no otorga mayor significaci¤n a los
cargos, ni a las reparticiones de empleo, ni a los
tÃtulos. En cambio, rinde todo su acatamiento a los
nombres de los tÃtulos, de las reparticiones y de
los cargos. En todos los documentos de gobierno, hallareis
una abundante floraci¤n de mayôsculas: Presidente,
Ministro, Director, Jefe de oficina, ContadurÃa, Secci¤n,
Honorable, Excelencia. . . Es un fetiche de la palabra
el empleado pôblico, y en eso se parece a los poetas
simbolistas. Pues bien, en pocos poetas argentinos
se ha dado un fetichismo verbal tan ciego y tan chocante
como en el Carriego de Misas Herejes. énico,
Supremo, Caballero, Gloria, Bueno, Maestro, Ciencia,
pecado, Conciencia, Vencedor, Fuerte, Hombre, Fin,
Amor, Principio, Torre, Nada, Justicia, Esfinge, Dolor,
Cruz, Horca, odio, Raza, Genio, Muerte, Pasi¤n, Desierto,
Luna, Alondra, Bosque, Ardor, Belleza, Consuelo, Misa,
Vida, Placer, PaÃs, Bien, Mal, Misterio . . .¯Habr.
nombre en el diccionario espa³ol que no haya escrito
con mayôscula? Y es que, adem.s de la adoraci¤n de
la palabra en sÃ, como simbolista cabal que era no
podÃa sentir ni pensar nada m.s que las cosas abstractas;
jugaba con conceptos, y Ç es claro Ç nunca podÃa ver
a un hombre bueno sino al bien, no a
la mujer amorosa, sino al amor, no al ser
malo, sino al mal, no a los placeres,
sino al placer, no a los hombres, sino
al hombre. Una manera de ver inhumana, y por eso carece
de ese calor de vida necesario para desertar la emoci¤n;
pero, sobre todo, una manera de ver discursiva Ç porque
a la abstracci¤n no se llega sino por razonamiento,
- y, consecuentemente, antiartÃstica, porque el arte
tiene por misi¤n comunicar los particular de las cosas,
que es su personalidad, asà como la ciencia no nos
relaciona sino con lo general, para establecer leyes
y dar satisfacci¤n al anhelo de l¤gica.
En cuanto a las formas, a medida que el metro va ampli.ndose,
ofrece mayor peligro de ripio. Usar el dodecasÃlabo,
en hemistiquios de tres o cuatro, sin ripios, es ya
un triunfo; en el alejandrino, es poco menos que imposible;
principalmente, en el alejandrino pareado, que es
el que emplea aquà Carriego con m.s frecuencia. Siempre,
aôn en La canci¤n del barrio, fue muy ripioso
Carriego, por permanecer excesivamente apegado a las
viejas formas, a los viejos ritmos y, con ellos, a
las viejos modos de sentir; pero en las cuatro partes
de Misas Herejes que venimos estudiando, sobrepasa
a toda discreci¤n. Si, como acabamos de ver, apenas
hay nombre que no haya endiosado, pocos son los que
se le escapan tambi»n sin adjetivos. HabÃa que "justificar
la lÃnea"; como en la linotipo, y servÃa de cu³a
la adjetivaci¤n:
-
fDe los dos grandes locos se ha cansado
la gente:
-
asà Santo Maestro, yo he visto al reluciente
-
rucio de tu escudero pasar enalbardado
. . . (13)
-
Yo soy aquel chiquillo
-
A quien el gran Quijote librara cierto
dÃa . . . 14
-
. . . . . . . . . . . . . . .
-
la voz alentadora de buenas expansiones
-
en las largas teorÃas de nuestras comuniones.
(15)
Pero, m.s todavÃa que con los adjetivos, es ripioso
con la estructura misma del verso, por esa necesidad
imperiosa de justificar lÃneas, buscar consonantes
y completar la estrofa:
-
fDe todo te olvidas! Anoche dejaste
-
aquÃ, sobre el piano que ya jam.s tocas
. . . (16)
-
. . . . . . . . . . . . .
-
Con el m.s reposado y humilde continente,
-
de contricci¤n sincera; suave, discretamente,
-
por no incurrir en burlas de ingeniosos
normales,
-
sin risue³os enojos ni actitudes teatrales
. . . (17)
y sigue la estrofa, que es toda ella un inciso, un
ripio.
DesconocÃa en estos momentos el valor de la concisi¤n,
y era un pleon.stico latoso, incapaz de decir las
cosas m.s sencillas sin un desbordamiento engorroso
de palabras.
Hablando de sus propios versos, dice en uno de los
"EnvÃos" de este libro:
- .
. . Son versos como zarzas, pero hay en
sus rudezas
- muchas
sÃntesis bravas de temidas bellezas. (18)
Toda una ilusi¤n sin fundamento expresa ese dÃstico.
"Son versos como zarzas . . .": es claro,
creÃa combatir el preciosismo y hacer obra opuesta;
pero se ha visto que, al contrario, escribÃa en una
forma y con un espÃritu de lo m.s preciosista posible.
"Muchas sÃntesis bravas de temidas bellezas":
habÃa sentado c.tedra de moral en sus versos y sinceramente
se suponÃa un grave censor de vicios y corruptela;
pero no habÃa hecho m.s que ensalzar un brumoso coraje
de mat¤n, que no sentÃa verdaderamente, y zaherir
a los positivistas e ir¤nicos del ambiente literario
a que, con disgusto o no, se mantenÃa fiel, pues era
el prototipo de nuestra bohemia, con Soussens, Monteavaro
y algôn otro perdido.
¯Qu» valor tienen, entonces, estas cuatro partes de
Misas Herejes? Ninguno, dan deseos de decir,
ni siquiera juzg.ndolas desde el punto de vista del
m.s extremo modernismo, por los enormes defectos que
ostentan. Sin embargo, conocida la obra posterior,
quiz., pueda descubrirse en estos versos Ç si no por
lo que son, por lo que a todas luces quieren ser,
- al que, empezando a independizarse de la literatura,
iba a desflorar su inspiraci¤n en "El alma del
suburbio", para luego, en La canci¤n del barrio,
plasmar en "versos como zarzas", efectivamente,
"muchas sÃntesis bravas de temidas bellezas".
Esos primeros versos del aprendiz de poeta, tienen,
adem.s una significaci¤n de importancia para la crÃtica.
Generalmente, si el poeta es realista, llano, conciso,
sencillo, los crÃticos suelen asignarle m»ritos subalternos,
cuando no se atreven a negarle el m.s Ãnfimo valor.
Una simple cuarteta en octosÃlabo, donde no se cante
un tema divino, donde no haya im.genes deslumbrantes
ni palabras sonoras, resulta, por ese solo hecho,
una cosa de poco. Eso, lo hace cualquiera, acostumbran
a decir; y piden largas tiradas y metros prolongados,
y figuras audaces, y motivos extraordinarios, y nombres
selectos, y môsica, y fuerza, e inspiraci¤n, y no
se qu» m.s. Esto es lo difÃcil y valioso, al parecer.
Pues bien, en la realidad, las cosas suceden totalmente
a la inversa. En todos los grandes poetas del mundo,
la lÃnea ascendente ha partido de lo abstracto, de
lo magistral, de lo extenso, de lo extraordinario,
para concluir en lo concreto, en lo sencillo, en lo
aparentemente vulgar. Han empezado por lo estupendo,
porque eso es lo f.cil y lo falso, y han venido a
parar en lo simple, porque eso es lo difÃcil y duradero.
Ninguna literatura del mundo ha adquirido car.cter
hasta que no se ha hecho m.s o menos realista, incorpor.ndose
todos los elementos vulgares. Ningôn poeta tampoco
ha adquirido personalidad vigorosa de artista, hasta
que no ha sabido ser m.s o menos fiel a la realidad
comôn de su »poca y de su medio. Nunca se da el caso
de que el poeta se inicie asÃ, llano, directo, sencillo,
lo que ocurrirÃa si eso fuese lo f.cil e insignificante.
En cambio, todo poeta realista ha escrito en sus comienzos
esas poesÃas de brillo, de ruido, de fuerza que piden
los crÃticos. Carriego, es un ejemplo elocuente de
todas estas aserciones. Se defini¤ y valor¤ singularmente
en las "vulgaridades" de La canci¤n del
barrio; pero, antes pas¤ por esta palabrerÃa insustancial
de Misas Herejes. La canci¤n del barrio, tan
simple, no podrÃa haberla escrito sin el esfuerzo
previo y largo del genio; para la aparente complejidad
de Misas Herejes, le bast¤ leer algunos libros
y adquirir la t»cnica, que es el oficio. He aquà por
qu» los "Viejos sermones", los "EnvÃos",
los "Ofertorios galantes" y los "Ritos
en la sombra", careciendo de significaci¤n artÃstica
pueden tener un valor pedag¤gico.
Por suerte, vamos acerc.ndonos ya a una Carriego m.s
digno de nota.
|
NOTAS
-
Como se ha advertido, el libro que dej¤ ordenado
Carriego, sin publicar, no tenÃa
TÃtulo. En la edici¤n de homenaje que se sigue aquÃ,
se denomina "Poemas p¤stumos". Podemos
muy bien reemplazar este nombre con el de "La
canci¤n del barrio", que es el primero de sus
capÃtulos y viene adecuado al contenido, por lo
dem.s.
-
"La muerte del cisne"
-
"A Carlos de Soussens"
-
"A Juan M.s y PÃ"
-
"A J.J. Soiza Reilly"
-
"De la tregua"
-
"El clavel"
-
Id.
-
"Tus manos"
-
"De primavera"
-
"Tu risa"
-
"Im.genes del pecado", imitaci¤n de
Almafuerte
-
"Por el alma de don Quijote"
-
"La apostasÃa de Andresillo"
-
"A Juan M.s y PÃ"
-
"Tu secreto" Aunque figura en "Ofertorio
galantes", esta poesÃa, como "Murria",
de "Ritos en la sombra", es una excepci¤n
de sencillez, de vida, de arte, que puede pasar
a "El alma del suburbio".
-
"Por el alma de don Quijote"
-
"A J.J. Soiza Reilly".
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IV
UN
POETA DISCRETO
PadecÃa Carriego un gran error Ç se ha de repetir
Ç creyendo que sus versos, en su contenido o en su
forma, eran de Ãndole ajena a la poesÃa modernista.
Sin embargo, algo habÃa que justificaba, en parte,
esa creencia suya, y ese algo, era que, en efecto,
tenÃa el af.n de producir obra que se diferenciase
de la que corrÃa impresa en los libros argentinos
de la »poca, obra humana, obra nacional, obra local,
de temas vividos directamente. SentÃa su medio; querÃa
cantarlo; no lo conseguÃa por el momento, impedido
de expresarse con sinceridad, como todo principiante,
a causa de una inconsciente sumisi¤n a la literatura,
a lo consagrado; pero no habÃa de tardar en encontrarse
a sà mismo. El primer paso dado a favor de su personalidad
es "El alma del suburbio".
Once composiciones constituyen esta parte de Misas
Herejes: El alma del suburbio, La viejecita, El guapo,
Detr.s del mostrador, El amasijo, En el barrio, De
la aldea, Residuo de f.brica, La queja, La guitarra,
y Los perros del barrio. Puede excluirse
De la aldea, cuyo motivo (un cuadro aldeano,
no se sabe si de aquà o de Espa³a o de d¤nde), nada
tiene que hacer entre los temas tÃpicos del suburbio
porte³o. En cambio, Murria, de "Ritos
en la sombra" y Tu secreto, de "Ofertorios
galantes", pueden y deben figurar en este capÃtulo.
La primera composici¤n, que es la que da nombra a
la parte, es una descripci¤n pl.stica, suelta, movida,
de una tarde ordinaria en el barrio. Basta su primera
cuarteta para llamar la atenci¤n:
-
El gringo musicante ya desafina
-
en la suave habanera provocadora,
-
cuando se anuncia a voces, desde la
esquina
-
"el boletÃn Ç famoso Ç de ôltima
hora".
Aquello en que primero ha reparado el poeta en el
cuadro del barrio, es el organillo callejero. Es tambi»n
lo ôltimo en que vuelve a fijarse, como expresi¤n
del alma del suburbio, despu»s de haber prestado atenci¤n
a "la algarabÃa del conventillo", a "la
rueda de marchantes", a "las comadres del
barrio", a "la cantina" que "desborda
de parroquianos", al "h»roe del homicidio
Ç de que fueron culpables las elecciones"; y
-
fAll. va el gringo! como bestia paciente
-
que uncida a un viejo carro de la ArmonÃa
-
arrastrase en silencio, pesadamente,
-
el alma del suburbio, ruda y sombrÃa!
La viejecita, es
una dolorida evocaci¤n de "la mendicante"
que, joven un dÃa, tal vez fue una Dama de las Camelias
del arrabal, y ahora, vieja y enferma, deambula por
el barrio a la espera de una limosna:
-
Sobre la acera, que el sol escalda,
-
Doblado el cuerpo Ç la cruz obliga
Ç
-
lomo imposible, que es una espalda,
-
desprecio y sobra de la fatiga,
-
pasa la vieja, la inconsolable,
-
la que es, apenas, un desperdicio
-
del infortunio, la lamentable
-
carne cansada de sacrificio.
En El guapo (dedicada "A la memoria de
San Juan Moreira. Muy devotamente") se nos pinta
con gran riqueza de detalles al mat¤n a quien "el
barrio admira", al "cultor del coraje",
que
-
conquist¤, a la larga renombre de osado;
-
se impuso en cien ri³as entre el compadraje
-
y de las prisiones: sali¤ consagrado.
- Detr.s
del mostrador, es el lamento por aquella
-
Azucena regada con ajenjo
-
surgida en el ambiente de la cr.pula,
- a
quien no sabe qu» sino fatal "la
empuja Ç casi siempre, hasta el sitio
de la infamia . . ."
-
a los borrachos con su hermosa cara.
-
Ayer la vi, al pasar, en la taberna,
-
detr.s del mostrador, como una estatua
. . .
-
Vaso de carne juvenil que atrae
- El
amasijo, es la zurra brutal que diariamente
propina a la amante el b.rbaro, y
-
que habr. de contar luego, felicitado,
-
en la rueda insolente del compadraje.
- En
fin, cuadros todos, o pinceladas, del
suburbio, verdaderamente tÃpicos.
Estamos ya enormemente lejos del Carriego imposible
de "Ritos en la sombra". Olvidado de las
"palmeras brasile³as", de las "insanÃas
de amor", de los "coros de lÃricos leones",
de los "sonantes cristales", de los "orgullos
de pôrpura", de los "pregones orquestales",
de los "duendes de los besos" y otras preciosidades,
pl.ntase en el vano de la puerta casera y mira, ve,
observa la vida que se desarrolla ante sus ojos, real
y tangible, y esa vida es la que va a dar tema a su
canto. "Hasta entonces Ç advierte Meli.n Lafinur
Ç no se habÃan tratado tales cosas entre nosotros
con un realismo tan verdadero, tan poderoso, tan baudeleriano,
en una palabra" (1). En efecto, si se exceptôa
Federico Guti»rrez (cuyas notas suburbanas, asà y
todo, no alcanzan nunca el vigor ni la propiedad de
estas primeras de Misas Herejes), ningôn poeta
argentino antes de carriego se habÃa atrevido (porque
era todo un atrevimiento, sin duda) a elevar al rango
de poesÃa los motivos ordinarios del arrabal porte³o.
Con ello, Carriego se desplaza de la corriente extranjera
(en la que figuraba como modernista), hacia la nativa,
y en ella va a representar una compenetraci¤n del
campo con la ciudad, tomada por el suburbio. Fern.ndez
Moreno, m.s tarde, concluir. la conquista meti»ndose
en el propio coraz¤n de Buenos Aires.
Sin embargo, todavÃa no hemos llegado al Carriego
verdadero. Es ya realista y directo en los temas que
trata; pero aôn no sabe expresarlos libre de simbolismo.
Ahà est. La viejecita (¯por qu» no viejita,
si asà la llamaban por el barrio, seguramente?), como
ejemplo principal. Es una de las primeras composiciones
suyas que llamaron la atenci¤n. Era "vigorosa
y tierna a la vez, profundamente humana, rica en colorido
Ç dice Meli.n Lafinur -. La emoci¤n apoder.base del
lector ante aquel desecho viviente puesto ante su
vista por la generosa inspiraci¤n y la briosa maestrÃa
del artista". ExplÃcase este juicio, sin duda,
en raz¤n del contraste que ofrecÃa el tema de la composici¤n
comparado con el de las poesÃas corrientes de la »poca.
Juzgada La viejecita en sà misma, de ningôn
modo puede decirse que sea "profundamente humana",
como hay derecho para decirlo de La costurerita
que dio aquel mal paso. Se trata aôn de una poesÃa
conceptuosa:
-
La viejecita, la que se siente
-
un sedimento de la materia,
-
desecho inôtil, salmo doliente
-
del Evangelio de la Miseria.
¯Se quiere algo m.s decididamente simb¤lico y retorcido?
La viejecita, no se siente tal, ni tal puede sentirla
nadie que la vea, si no lo que es, vieja, pobre, cansada,
dolorida. Darle la significaci¤n abstracta que se
le da en esos cuatro versos (y en toda la composici¤n),
es un acto reflexivo, propio de fil¤sofo, no de artista;
es una abstracci¤n intelectual que se hace adecuando
el objeto a un concepto, es decir, generaliz.ndolo
en el espÃritu, y no a la inversa, tomando el objeto
ante todo, en su individualidad, es decir, particulariz.ndolo
humanamente, segôn la funci¤n artÃstica. Si la ciencia,
que puede partir del sentimiento, pero que se desarrolla
con la raz¤n (y por eso es ciencia), tiene por materia
propia la abstracci¤n, los nômeros, los denominadores,
el arte, precisamente, opera con la personalidad humana,
concreta y directa. Despu»s de deciros que es el "salmo
doliente del Evangelio de la Miseria", ¯qu» os
ha dicho Carriego de la viejecita que vio?. Nada.
Os ha formulado un concepto de moral.
Poco m.s o menos, en casi todas las otras poesÃas
de "El alma del suburbio" aparece asà Carriego,
conceptuoso hasta velar a fuerza de abstracciones
y figuras los objetos de su inspiraci¤n:
-
Y pasa sin dolor, asÃ, inconsciente,
-
su vida material de carne esclava:
-
fcopa de invitaciones y de olvido
-
sobre el hastiado bebedor volcada!
Es preciso haber olvidado enteramente a la muchacha
que se vio detr.s del mostrador, en la taberna, para
figur.rsela "copa de invitaciones y de olvido".
No es todavÃa objetivo de Carriego. En esa primitiva
posici¤n de moralista en que, a pesar de su af.n de
vida, permanece por el momento, no ve las personas
ni las cosas reales, en verdad. Quiere verlas, pero
aun le dominan sus conceptos, y se le pasan inadvertidas.
Lo que ve de ellas, es su propia e Ãntima concepci¤n.
El artista, debe ser m.s desinteresado. La muchacha
que est. detr.s de aquel mostrador, no es solamente
"carne esclava". Para nuestras ideas morales
y sociales, puede que lo sea absolutamente. Pero prescindamos
de nuestras ideas, acerqu»monos al objeto humano,
penetr»mosle con imparcialidad; observemos la vida
de esa muchacha, ser. una esclavitud . . .y ser. una
devoci¤n. No tenemos por qu» inclinarnos ni a uno
ni a otro partido. Es su vida, y su vida es lo que
debemos aprehender. De otro modo, no seremos artistas.
Los juicios de valor, son ajenos al arte. En "La
canci¤n del barrio" hemos de ver c¤mo Carriego
pinta sin sanci¤n moral, porque pinta la vida, en
toda su complejidad Ãntima.
Por lo dem.s, en estas composiciones Carriego es aôn
extremadamente verboso. Los versos, no son una simple
creaci¤n tipogr.fica. Por lago m.s que por ofrecer
a la vista p.ginas m.s estrechas y colocar en un rengl¤n
determinado nômero de sÃlabas, ha sido inventado el
verso o el metro. Cada rengl¤n, exige precisar un
pensamiento, y el poeta debe aspirar a satisfacer
esa exigencia; debe, por lo menos, aspirar a corresponderle
en cuanto lo consienta la ductilidad del idioma, ya
que satisfacerla plenamente no siempre serÃa posible.
Todo lo contrario, es lo que hace Carriego por ahora.
No respeta el metro sino tipogr.ficamente. Le falta
esa capacidad de sÃntesis con que un poeta m.s hondo
Ç Fern.ndez Moreno, por ejemplo Ç puede llegar a plasmar
una cuarteta como esta:
-
Cuarenta mil hect.reas,
-
diez millones de pesos,
-
chapas de cinc, ladrillos . . .
-
farriba el nuevo pueblo!
Su pensamiento, se diluye en la composici¤n, y asÃ
le resultan esas tiradas de cien y ciento cincuenta
renglones, sobrecargados de adjetivos, de proposiciones
incidentales, de ripios, y en los que, rara vez se
halla conclusi¤n. No todo, todo es asÃ, naturalmente,
Tu secreto, puede tomarse ya como un modelo
de concisi¤n y de sugerencia, que es lo que trae aparejada
consigo la sÃntesis:
-
fDe todo te olvida! Anoche dejaste
-
aquÃ, sobre el piano, que ya jam.s
tocas,
-
un poco de tu alma de muchacha enferma:
-
un libro vedado de tiernas memorias.
-
¹ntimas memorias. Yo lo abrÃ, al descuido,
-
y supe, sonriendo, tu pena m.s honda,
-
el dulce secreto que no dir» a nadie:
-
a nadie interesa saber que me nombras.
-
...Ven, ll»vate el libro, distraÃda
llena
-
de luz y de ensue³o. Rom.ntica loca
. . .
-
fDejar tus amores ahà sobre el piano!
-
. . . De todo te olvidas fcabeza de
novia!
Claro, hay que perdonar todavÃa el ripio del segundo
verso: "ya jam.s tocas", y la adjetivaci¤n
caprichosa y el corte arbitrario de los dos primeros
de la estrofa ôltima: ". . . distraÃda llena
Ç de luz y de ensue³o . . ."; pero la construcci¤n
y la sugerencia de la cuarteta central y de los dos
versos ôltimos, casi perfectos, compensan suficientemente
estos defectos en la composici¤n, una de las m.s hermosas
de Carriego.
Sin embargo, eso es la excepci¤n. Lo comôn en, "El
alma del suburbio", es el desborde verbal, lo
que, unido a la falta de objetividad artÃstica y a
la manÃa generalizadora, hace que Carriego desnaturalice
aquà sus temas con una expresi¤n inadecuada. Por eso,
no es moment.neamente m.s que un poeta discreto, lleno
de concesiones a la literatura.
|
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NOTAS
-
°lvaro Meli.n Lafinur, "Las poesÃas de Evaristo
Carriego", pr¤logo a la edici¤n de la Cultura
Argentina", 1917.
-
Estudio citado.
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|
V
UN
POETA
Y es hora ya, sin duda, de que entremos en relaci¤n
con Carriego en su plenitud artÃstica.
En realidad, este capÃtulo va a constituir una repetici¤n,
en otros t»rminos, de todo lo dicho anteriormente.
La doctrina est»tica, queda sentada. BastarÃa, pues,
invertir la negativa, para obtener el juicio que,
dentro de esa doctrina, corresponde a la obra que
falta por analizar. Pero, ¯estar. tan de sobra la
insistencia?
Segôn se ha advertido, la edici¤n completa de las
poesÃas de Carriego comprende dos libros: Misas
herejes, que acabamos de dejar, y La canci¤n
del barrio, titulado en el volumen Poemas P¤stumos
y subdividido en los siguiente capÃtulos: "La
costurerita que dio aquel mal paso", "¹ntimas",
"EnvÃos", "Leyendo a Dumas" e
"Interior". Ni este es el orden que el propio
autor dio a los materiales del libro, poco antes de
morir, ni los materiales son tampoco, justamente,
los que »l habÃa se³alado, pues se le han a³adido
algunos y se ha variado la distribuci¤n de otros.
El hecho, sin embargo, no reviste mayor importancia.
Para nosotros Ç como se ha advertido tambi»n, - este
segundo libro se denomina en general La canci¤n
del barrio y constituye un todo uniforme, excluyendo
de »l unas pocas composiciones Ç Aquella vez en
el lago, Sarmiento, Vulgar sinfonÃa, Leyendo a Dumas,
entre otras Ç que, incluidas o no por el autor,
son de Ãndole an.loga a las de Misas Herejes,
bien por haber sido escritas cuando esas, bien por
ser rezagos de la primitiva preciosista. La canci¤n
del barrio, pues, depurada como expresi¤n m.xima
del arte de Carriego, es lo que se a considerar.
Quedamos en que, con "El alma del suburbio",
Carriego se desplaza de la corriente extranjera de
la poesÃa argentina, hacia la criolla de Ascasubi,
del Campo, Hern.ndez y Almafuerte. De mal poeta modernista,
plagado de literatura e imitador poco feliz del simbolismo
en auge, pasa a ser un discreto poeta suburbano, local.
Pero, por ahora, nada m.s que en cuanto a los motivos
en que se inspira, pues en la realizaci¤n artÃstica
sigue afecto a las formas del resto de Misas Herejes,
formas que, sin .nimo de ironÃa, pueden ser calificadas
de herejes, verdaderamente. Es s¤lo el poeta nativo,
y por lo tanto, universal, en potencia. Con La
canci¤n del barrio, ya no ônicamente por los temas
que trata, sino por la expresi¤n que les da, tambi»n
(y sobre todo, quiz.) se sitôa de lleno en la corriente
artÃstica nacional.
Un fen¤meno curioso puede advertirse en el desarrollo
de la môsica argentina. Originaria del campo, nuestra
môsica se acerca a la ciudad, y aquÃ, con el contacto
ciudadano, adquiere en seguida leves variaciones,
manifiestas en los primitivos tangos milongas, de
que son muestra cabal "La morocha" y "El
porte³ito", popularÃsimos hace no m.s de doce
a³os. Poco a poco, estas variaciones se acentôan hasta
dar personalidad propia e inconfundible a una môsica
ciudadana: el tango de hoy. El tango, a su vez, ya
formado, desborda la ciudad y empieza a invadir el
interior de la Repôblica. Actualmente, en Buenos Aires,
no hay que decir: se han olvidado casi por completo
las vidalitas, los cielitos, el peric¤n, que diez
a³os atr.s todavÃa distraÃan en nuestros escenarios,
Y en las provincias, dÃa a dÃa van siendo suplantados
por el tango. Penetrada primeramente por el campo,
la ciudad, pues, reacciona y conquista al interior,
con elementos del interior mismo, extranjeros y propios.
Cosa parecida ha sucedido con la poesÃa nacional.
Arranca del interior, se allega a la ciudad con Almafuerte
(no importa que Almafuerte tronase contra la urbe;
era la gran urbe extranjerizada, la que combatÃa,
en nombre, precisamente, de una tradici¤n nacional),
y con Carriego da las primeras manifestaciones de
ciudadanÃa. Diez a³os despu»s, Fern.ndez Moreno Ç
pleno ciudadano ya, m.s amplio que Carriego, que no
alcanza a pasar de los arrabales Ç conquistar. el
campo argentino.
Asà como el tango definido, partiendo de la milonga
se ha incorporado elementos porte³os y extranjeros
(de los extranjeros, norteamericanos, particularmente),
la poesÃa de Carriego, entroncada en la corriente
nativa, contiene tambi»n aportes extra³os; pero, esencialmente,
es la poesÃa humana, realista, simple, documento de
un medio y de una »poca, que nos ofrece MartÃn
Fierro. (1).
"La costurerita que dio aquel mal paso",
es el mito m.s popular de Carriego. Hay en su obra
otras creaciones relevantes, que en seguida veremos;
pero, la m.s original, la m.s tÃpica y la m.s extendida
Ç hasta el extremo de que es poco menos que imposible
hablar de Carriego sin que la sola menci¤n de su nombre
no suscite la idea de ese poema, - es la de la costurerita
en desgracia. En realidad, la creaci¤n est. contenida
en un solo soneto: el que lleva ese tÃtulo, La
costurerita que dio aquel mal paso, que es tambi»n
su primer verso:
La costurerita que dio aquel mal paso. . .
-
con el sinverg½enza que no la hizo
caso
-
despu»s . . .- segôn dicen en la
vecindad Ç
Sin embargo, en el libro figuran once composiciones
que giran todas alrededor del mismo tema y que, por
lo tanto, bien pueden considerarse como once miembros
distintos entre sà de una sola historia, ofrecida
en cada uno de ellos bajo una faz particular. (2).
La primera, es la que nos da cuenta del "mal
paso" de la muchacha, causa inmediata de la tragedia
que va a venir; se titula La que hoy pas¤ muy agitada
y dice asÃ:
-
fQu» tarde regresas! . . . ¯Ser.n las
benditas
-
locuaces amigas que te han detenido?
-
fVas tan agitada! . . .¯Te habr.n sorprendido
-
dejando, hace un rato, la casa de citas?
-
fAdi¤s morochita!. . .Ya ver.s, muchacha,
-
cuando andes en todas las charlas caseras:
-
sospecho las risas de tus compa³eras
-
diciendo que pronto mostraste la hilacha.
. .
-
Y si esto ha ocurrido, que en verdad
no es poco,
-
si diste el mal paso, si no me equivoco
-
y encontr» el secreto de tu agitaci¤n.
. .
-
¯qui»n sabr. si llevas en este momento
-
una duda amarga sobre el pensamiento
-
y un ensue³o muerto sobre el coraz¤n?
Se trata, evidentemente, de una composici¤n muy defectuosa;
tal vez la m.s defectuosa de toda La canci¤n del
barrio; todos los defectos que puedan encontrarse
en las dem.s, est.n esbozados en esta; principalmente,
los ripios, de que nunca supo verse libre nuestro
poeta pro haber reservado siempre, en el fondo, un
acatamiento a las viejas formas. "¯Ser.n las
benditas locuaces amigas. . .?; "Y si
esto ha ocurrido, que en verdad no es poco . .
"; "Si diste el mal paso, si no me
equivoco y encontr» el secreto . . ." Ç repeticiones
embarazosas en las que no habrÃa caÃdo seguramente,
si hubiera empezado por deshacerse de la preocupaci¤n
del soneto. La construcci¤n misma es, indudablemente,
torpe: de la segunda cuarteta al primer tercero, no
hay ilaci¤n, como la habrÃa exigido esta forma de
composici¤n po»tica. Sin embargo, asà como la mediocridad
de contenido hace que resalten m.s las fallas de continente,
cuando el fondo es hermoso pueden pasarse por alto
de buena gana las imperfecciones formales, y es lo
que ocurre con La que hoy pas¤ muy agitada. ¯Qu»
importa ripio m.s o menos dentro del poder emotivo
de sus palabras? Pueden preferirse otras composiciones
de Carriego, aôn por su fondo; pero no cabe duda de
que esta es una de las m.s hermosas. La que hoy
pas¤ muy agitada: he ahÃ, en el tÃtulo, no m.s,
la expresi¤n cabal de un alma y de una tragedia. Ha
dado el mal paso la morochita - fhasta ese adjetivo
cari³oso, aplicado ahÃ, significa una ternura y una
compasi¤n inmensas!; - ha pecado y regresa muy agitada,
pero regresa. Acaso vuelve con una duda o con una
desilusi¤n; pero vuelve, vuelve a incorporarse a su
vida ordinaria con un secreto dolor. Dado a preferir,
en mi gusto personal escojo esta poesÃa sobre todas
las otras de Carriego.
Las siguientes composiciones de esta peque³a historia,
se refieren a la situaci¤n de .nimo de la familia
una vez que Caperucita, agobiada con su mal paso,
ha decidido abandonar el hogar. Conviene insistir
en que el autor no asign¤ a estas poesÃas la coherencia
tem.tica que aquà se les atribuye. Es m.s: si fu»ramos
a guiarnos exclusivamente por sus palabras, solo tres
sonetos podrÃan ser acordados con el tema: el transcripto,
en que se refiere el mal paso de la chica, el titulado
La costurerita que dio aquel mal paso, alusivo
al anterior, y Por la ausente, consecuencia
de este ôltimo. El resto, podrÃa tratar de otra historia:
la de la hermanita que se fue de casa, tambi»n, pero
sin ser precisamente la costurerita aquella. Sin embargo,
el car.cter de la muchacha aparece tan ônico en todas
las composiciones, y el desconsuelo familiar provocado
su desliz, es tan propio de la situaci¤n creada en
uno y otro caso, que asiste cierto derecho para la
atribuci¤n de unidad, resuelta.
Se ha ido, pues, de casa, la costurerita, que no pudo
ocultar su pecado.
-
Ya no era posible
-
fingir por m.s tiempo. Daba compasi¤n
-
verla aguantar esa maldad insufrible
-
de las compa³eras, ftan sin coraz¤n!
(3)
La familia, aparentemente distraÃda de su falta, sigue
su vida apacible; pero, de pronto, un incidente cualquiera,
una palabra dicha sin querer, traen ese recuerdo y
la paz se nubla:
-
Est.bamos asÃ, contentos, cuando
-
alguno te nombr¤, y el doloroso
-
silencio que de pronto ahog¤ las risas,
-
con pesadez de plomo
-
persisti¤ largo rato. Lo recuerdo
-
como si fuera ahora: nos quedamos
-
mudos, frÃos. Pasaban los minutos,
-
pasaban y seguÃamos callados. (4)
En otro momento, la larga reflexi¤n que se ha mantenido
en secreto, necesita expresarse, y surge la observaci¤n:
-
fAh, la ausente!
-
Con ella se nos fue todo lo bueno.
-
Tô lo dijiste, prima, lo dijiste. .
.
-
Por ella son estos silencios malos,
-
Por ella todo el mundo anda asÃ, triste,
-
Con una pena igual, sin intervalos
-
Bulliciosos. El patio sin rumores,
-
Nosotros sin saber lo que nos pasa
-
Y sus cartas muy breves y sin flores.
. . (5)
Otras veces, la nostalgia se desahoga en un ruego
que es lamento, perd¤n y esperanza a la par:
-
fAh, si volvieras!. . . fC¤mo te extra³an
mis hermanos!
-
La casa es un desquicio: ya no est.
la hacendosa
-
muchacha de otros tiempos. fEras la
habilidosa
-
que todo lo sabÃa hacer con esas manos
. . .! (6)
En otras ocasiones, el recuerdo es vago, como de cosa
tan lejana y tan sufrida que ya no produce desaz¤n:
-
Si se habla de ti, en seguida
-
pensamos: ¯ser. feliz?
-
Y a veces te recordamos
-
con un vago asombro: asÃ
-
como si estuvieras muerta. (7)
De toda esta historia dolorosa, esos cinco versos
son los m.s penetrantes. "Y a veces te recordamos
Ç con un vago asombro: asÃ Ç como si estuvieras muerta".
No puede darse una expresi¤n m.s elocuente y m.s concisa
de la resignaci¤n con que se ha llevado una pena tan
grande. A fuerza de sentirlo y sofrenarlo, el
Dolor se ha ido haciendo carne, ha llevado el alma
a un nirvanismo total, y ya ni le cuesta pensar en
la muerte del ser llorado. Es un vago asombro: asÃ
. . .Asombro de uno mismo, ante todo, al descubrir
la insensibilidad en que lo ha sumido a uno el dolor
insistente. Recorrer»is toda la producci¤n artÃstica
nacional desde su origen; hallareis en ella muchos
motivos de emoci¤n; pero una tragedia tan honda y
tan finamente expresada como la de estos pocos octosÃlabos
de Carriego, no os ser. dado encontrarla jam.s.
Por fin, es la vuelta de Caperucita. El soneto en
que se refiere, es un resumen inmejorable de toda
la historia:
-
Entra sin miedo, hermana, no te diremos
nada.
-
fQu» cambiado est. todo, qu» cambiado!
¯no es cierto?
-
fSi supieras la vida que llevamos pasada!
-
Mam. ha caÃdo enferma y el pobre viejo
ha muerto . . .
-
Los menores te extra³an todavÃa, y
los otros
-
ver.n en ti la hermana perdida que
regresa:
-
puedes quedarte, siempre tendr.s entre
nosotros,
-
con el cari³o de antes, un lugar en
la mesa.
-
Qu»date con nosotros. Sufres y vienes
pobre.
-
Ni un reproche te haremos: ni una palabra
sobre
-
el oculto motivo de tu distanciamiento:
-
ya demasiado sabes cu.nto te hemos
querido:
-
aquel dÃa, ¯recuerdas?, tuve un presentimiento
. . .
-
fSi no te hubieras ido! . . .(8)
La residencia del m»rito artÃstico de todos estos
versos, apenas necesita indicarse. Su profundo significado
humano: he ahà su primer m»rito. Carriego, no pinta
ya seres conceptuosos, rectilÃneos, de un solo cariz,
sino personas vivientes, tortuosas, complejas, como
lo son todas en la realidad. Coge a la vida en sÃ
misma, en su individualidad, y la expresa con sus
elementos propios, ajeno a la abstracci¤n primitiva.
De ahà surge la emoci¤n tan intensa de estas poesÃas:
de que el elemento humano se ha sobrepuesto al ideol¤gico,
y la vida se aprehende directamente en ellas.
Por otra parte, bien se ve que el poeta ha dejado
de ser moralista o soci¤logo. No juzga, no condena.
¯Hizo bien o mal la costurerita? Ni lo dice ni parece
interesarle. Ha pecado, se ha ido de casa, lloran
su ausencia, regresa, la vuelven a admitir. Cuando
dice: "La costurerita que dio aquel mal paso",
pudiera creerse que, con este adjetivo, malo,
por decir desgraciado, infeliz, no condenable.
Es, exactamente, el sentido que da el pueblo a esa
expresi¤n, significativa de un hecho que puede traernos
verg½enza, dolor, trastorno; cuando es cometido por
un familiar, pero que no provoca en nosotros la repulsi¤n
hacia el causante. Es la desgracia de uno de los propios,
y, por lo mismo, es desgracia comôn, y hay que conllevarla
resignadamente. Pero no s¤lo no condena a la pecadora,
sino que tampoco aborrece al otro, al verdadero culpable.
Una sola vez se acuerda de »l, cuando exclama, en
un inciso: "con el sinverg½enza que no la hizo
caso" Ç calificativo que, como el anterior, al
referirse al mal paso, no tiene precisamente una significaci¤n
moral: loco, bandido, eso es lo que le dice
con llamarle sinverg½enza. Cuando la mam. y las vecinas
dicen de un muchacho: "es un sinverg½enza",
por duro que pongan el ce³o, no lo condenan formalmente.
Tampoco Carriego lo castiga; prefiere olvidarlo. Es
un ente abstracto, un vehÃculo del mal; quien sabe:
acaso ni »l tenga la culpa en ôltimo t»rmino. Si hubiera
vuelto a casa como Caperucita, lo habrÃa recibido
de nuevo. Perdonar, ya lo tiene perdonado.
En fin, Carriego se aleja aquà de todo lo que puede
ser objeto de raciocinio Ç distribuci¤n de culpas
y cargos Ç y atiende ônicamente a aquello que toca
de lleno al sentimiento, como nos toca el sol rondando
a la tierra, como el cielo abovedado, como una mujer
elegante, que puede ser rica e injusta como la pureza
de una paloma, como una flor. Lo dem.s, es obra de
los sabios.
Tal sentimiento de vida y tal imparcialidad artÃstica,
no decaen un solo instante en todo el resto de La
canci¤n del barrio. Ved c¤mo describe ahora Carriego
una figura muy parecida a la de la viejecita: Mamboret.:
-
Asà la llaman todos los chicos de Palermo.
-
Es la risa del barrio con su rostro
feucho
-
y su andar azorado de animalito enfermo.
-
Tiene apenas diez a³os, pero ha sufrido
mucho.
-
Los domingos temprano, de regreso de
misa
-
La encuentran los muchachos vendedores
de diarios,
-
y enseguida comienza la jarana, la
risa,
-
y las zafadurÃas de los m.s perdularios.
-
Como cuando la gritan su apodo no responde,
-
a corren, la rodean y "Mamboret."
¯en d¤nde
-
est. Dios?", le preguntan los
muchachos traviesos.
-
"Mamboret." suspira, y si
es que alguno insiste:
sus ojos pensativos de animalito triste.
La diferencia entre esta descripci¤n humana, directa,
intelectual, y la simb¤lica de La viejecita,
salta a la vista. En La viejecita , se ve un
tipo; en Mamboret., una persona. La primera
est. descripta en t»rminos intelectuales; la segunda,
en t»rminos de emoci¤n. "Salmo doliente del Evangelio
de la Miseria": esta indicaci¤n, os relaciona
con un concepto. "Tiene apenas diez a³os, pero
ha sufrido mucho": esta otra, os pone en contacto
directo con un ser. El que los crÃticos (o nuestros
crÃticos, o algunos de nuestros crÃticos, porque tampoco
hay raz¤n para achacar a todos la culpa de unos pocos
tontos); el que algunos de nuestros crÃticos prefieran
la primera de esas dos expresiones, nace de suponer
que es que es una creaci¤n del artista y que, por
consiguiente, requiere un poder imaginativo que no
es necesario en la segunda, donde no se hace otra
cosa que tomar un elemento de la realidad. Estos crÃticos,
son como los aldeanos, que se pasman ante el se³orito
porque habla en difÃcil. Ignoran que, tanto
y mayor poder creador hace falta en el segundo caso
como en el primero del ejemplo. El poeta, es cierto:
no se crea los elementos al expresarse directamente;
los toma, ya formados, de la realidad; pero ¯es que
no es necesario un poder creador, y muy fuerte, para
escoger, primero, los elementos caracterÃsticos, y
luego, para ensamblarlos de manera que nos den una
sensaci¤n de vida? Y no hablemos de la fineza de sensibilidad
que presupone en solo hecho de ver algo en
aquello, tan ordinario y vulgar, que los dem.s Ç millones
de hombres Ç han dejado pasar a ciegas. "Los
hombre vulgares Ç observa Hebbel Ç son mucho m.s poetas
cuando hablan que cuando escriben; porque cuando hablan
la vida que los rodea ejerce sobre ellos su influencia,
y, a veces, les sugiere la palabra precisa que ata
lo Ãntimo y lo externo, mientras que cuando escriben
quedan abandonados a sà mismos" (9). Cuando hablamos,
todos somos poetas, porque todos somos vulgares. S¤lo
siguen siendo poetas cuando escriben, aquellos pocos
que aôn entonces saben mantener su vulgaridad, porque
saben encontrar la palabra que ata lo Ãntimo y lo
externo y, asÃ, comunicar la vida directamente, sin
someterla a una abstracci¤n, que la aleja de nuestros
corazones. ¯Por qu» mil hechos humanos que observamos
todos los dÃas a nuestro alrededor, no han de tener
valor emotivo si no referidos a concepciones celestes?
Los hechos humanos en sà mismos, descarnados, personales:
he ahÃ, al contrario, lo que m.s nos interesa, porque
es lo que m.s hondamente puede conmover.
Otra de las creaciones notables de La canci¤n del
barrio, es "la que se qued¤ para vestir santos",
magnÃficamente expresada en un soneto:
-
Ya tienes arrugas. fQu» verg½enza!
. . .Bueno:
-
ser.s abuelita sin ser madrecita.
-
Ayer, recordando tu pesar sereno,
-
me dio mucha pena tu cara marchita.
-
. . .¯Ni siquiera una novela empezada?
-
Quiz.s el idilio que dur¤ un verano,
-
hasta que una noche por buena y confiada,
-
se cans¤ la novia de aguardar en vano.
-
Y tô sufrirÃas, o no sufrirÃas,
-
nerviosas esperas, y te quedarÃas,
-
como es natural,
-
tan indiferente que al dÃa siguiente
-
ya no habrÃa nada, nada: solamente
-
hômedas las puntas de tu delantal.
Pero no es posible seguir transcribiendo, sin peligro
de copiar todo el libro. La caracterÃstica, est. se³alada:
un realismo sentido, directo, que nos da una intensa
sensaci¤n de vida. Y asà es toda La canci¤n del
barrio, lo mismo cuando nos ofrece, en trozos
sobrios y sugerentes, una figura como la de la costurerita,
Mamboret., "la que se qued¤ para vestir
santos", "la francesita que hoy sali¤ a
tomar el sol", "la enferma que trajeron
anoche", "el silencioso que va a la trastienda",
etc., que cuando nos describe unas escenas tÃpicas,
como las de El casamiento, o nos pone ante
un cuadro tan conmovedor como el de La silla que
ahora nadie ocupa (seguramente el soneto m.s correcto
de Carriego), o evoca "el camino de nuestra casa".
Una virtud, adem.s de las mencionadas, hace falta
para ser artista realista o humano, y es la de saber
situarnos de primera intenci¤n en el centro mismo
del objeto o del alma que se nos quiere ofrecer. Es
lo que en todo momento hace Carriego en estas composiciones,
de manera acabada: El camino de nuestra casa:
-
Nos eres familiar como una cosa
-
que fuese nuestra, solamente nuestra
. . .
- La
muchacha que siempre anda triste:
-
Asà anda la pobre, desde la fecha
-
en que, tan bruscamente, como es sabido,
-
aquel mozo que fuera su prometido
-
la abandon¤ con toda la ropa hecha.
- Mambrô
se fue a la guerra:
-
¯Con su "ronga catonga" los
chicos de la acera
-
te har.n llorar ahora? No seas sensiblera
-
y piensa que esta noche de verano es divina.
. .
Otro chisme.
-
¯Ahora el otroÌ . . Bueno, a ese paso
-
se han de contagiar todos, entonces.
Vaya
-
con la manÃa! Porque es el caso
-
que no transcurre un solo dÃa sin que
haya
-
sus novedades. . .
El casamiento:
-
Como nada consigue siendo prudente
-
del mont¤n de curiosos que han hecho
rueda
-
esperando a los novios, vuelve el agente
-
a disolver los grupos de la vereda.
Bastan estas cuatro lÃneas para describir los afanes
y la curiosidad del barrio por ver a los novios, y
basta el descubrimiento de esta curiosidad para advertir
en seguida que algo hay de raro en esa uni¤n, cuando
tanto es el af.n de los vecinos por observar de cerca
de quienes de seguro ven todos los dÃas.
El velorio:
-
Como ya en el barrio, corri¤ la noticia,
-
algunos vecinos llegan consternados
-
diciendo en voz baja toda la injusticia
-
que amarga la suerte de los desdichados
. . .
Has vuelto
-
Has vuelto, organillo. En la acera
-
hay risas. Has vuelto llor¤n y cansado
como antes.
- La
silla que ahora nadie ocupa:
-
Con la vista clavada sobre la copa
-
se halla el padre abstraÃdo desde hace
rato:
-
pocos momentos hace rechaz¤ el plato
-
del cual apenas quiso probar la sopa.
- La
dulce voz que oÃmos todos los dÃas:
-
ftienes una voz tan dulce!. . .
-
Yo no se por qu» ser.:
-
te oÃmos y nos dan muchas
-
ganas de quererte m.s.
- Y,
sobre todo, La que pas¤ muy agitada:
-
fQu» tarde regresas! . . .
No necesitamos m.s que esta exclamaci¤n para adivinar
la tragedia. El resto de la composici¤n, confirmar.
y aclarar. nuestro presentimiento, pero el drama de
esa almita triste y serena que regresa tarde, nos
ha tocado plenamente a las tres primeras palabras.
Desde el punto de vista del poeta, es algo asà como
si estuviera hablando para enterados, o, m.s bien,
como si hablase para sà mismo, de modo que no necesita
introducci¤n alguna explicativa ; desde nuestro punto
de vista, como lectores, se le hace a uno que el poeta
es un travieso "clown" que, de pronto, cuando
est.bamos distraÃdos, se nos presenta mohino y burl¤n,
nos ense³a una estampa llamativa y se esconde otra
vez. Queramos que no, nos ha sorprendido y hemos visto
la estampa. fSi har. falta genio para aprehender la
realidad confusa y darnos de ella, con sus propios
elementos, la sensaci¤n que ante ella ha sentido el
artista!
La perfecci¤n absoluta, parece imposible hallarla
en este mundo. De este mundo, y muy de este mundo
era nuestro poeta, y no podÃa ser perfecto. Se contarÃan
por decenas los defectos de gran monta que pudieran
sacarse de sus versos mejores en r.pido examen, aparte
de los ya indicados de ripio y endeble construcci¤n.
No se necesita saber mucha ret¤rica, si no tener el
oÃdo un poco educado, nada m.s, para advertir que,
versos como este:
Entra sin miedo, hermana, no te diremos nada.
No son, precisamente, modelos literarios. El ritmo
es flojo hasta el extremo y la asonancia de los hemistiquios
rompe la poca unidad que de suyo tienen los alejandrinos
de esta estructura. Pero. . . Carriego Ç ya lo hemos
visto Ç se ha alejado de la literatura. Su expresi¤n,
en consonancia Ãntima con su espÃritu, adopta los
giros m.s simples Ç los de nuestra conversaci¤n ordinaria
Ç y, es claro, en homenaje a la sencillez y a la naturalidad,
sacrifica frecuentemente la discreci¤n ret¤rica; pero
¯qu» pueden significar tales sacrificios ante las
conquistas que, por otro lado, representan la claridad,
la concisi¤n y la elocuencia obtenidas, y la incorporaci¤n
de nuevos elementos del habla vulgar al caudal de
la lengua?
En efecto, sin estudiar con demasiado detenimiento
La canci¤n del barrio, pronto se notar. que
contiene giros y vocablos del lenguaje porte³o imposibles
de reemplazar en su cometido sentimental e ideol¤gico,
y que, por lo mismo, constituyen otros tantos aportes
idiom.ticos, cuando no son mera resurrecci¤n de frases
o t»rminos netamente castizos, cosa que tambi»n sucede
a menudo. Como giros, pueden se³alarse entre los m.s
felices los siguientes:
"fCaminito de nuestra casa! fVieras
con qu» cari³o te queremos!. . . (10)
En esta exclamaci¤n, hay dos detalles tÃpicos: la
sustituci¤n del verbo saber por el verbo ver
(fsupieras!. . .habrÃa sido lo espa³ol), y la
elipsis que se comete con ese verbo: fsi tô vieras!.
. . es lo que se sobrentiende y no hay necesidad
de especificarlo.
-
Una viuda sin hijos la sac¤ de la cuna,
-
y alguien dice, con mucha raz¤n, que
lo hizo adrede,
-
"de bruja, de perversa no m.s",
pues le da una
-
vida tan arrastrada que ni contar se
puede. (11)
Tambi»n en el tercer verso hay una frase elÃptica:
de tan bruja, de tan perversa que es o como es,
va sobrentendido: y hay ese no m.s tan
criollo y que, sin embargo, no fue del todo ajeno
al habla de los cl.sicos castellanos, como puede verse
por este ejemplo del Quijote: ". . . ¯por
qu» quer»is que rinda mi voluntad por fuerza, obligada
no m.s de que decÃs que me quieres bien?"
(12)
La "viuda, sobre todo, la trata de haragana,
y si est. con la luna de cuanto se le antoja
. . " (13). Estar alguien con la luna, aunque
tiene su abolengo en la tradici¤n espa³ola, como otras
muchas expresiones criollas, es tan propia de nuestro
lenguaje, mejor dicho, del habla del suburbio porte³o,
que bien puede tenerse por tÃpica. "Est. de mal
genio", para los mayores, y "Est. de morros",
para los chicos, especialmente, son las alusiones
equivalentes que con m.s frecuencia se usan en Espa³a.
-
La inôtil, abriboca, la horrible, la
tolola . . ." (14)
Esta costumbre de sustantivar los adjetivos, lo es
asimismo de nuestro lenguaje, en sumo grado.
-
"fPobre! Ni loco que estuviese
. . . (15)
Trasposici¤n y elipsis muy notables tambi»n : "Ni
aunque estuviese loco harÃa eso o lo de m.s all.".
-
fBendito sea! Tan luego ahora mostrarse
adusta . . . (16)
"Tan luego ahora", es un giro que equivale
a. "precisamente ahora, en este momento, en estas
circunstancias, despu»s de lo sucedido", y es
bien caracterÃstico en nuestra conversaci¤n.
Pero, como nuestro trabajo no es un estudio menudo
ni de ling½Ãstica o de gram.tica, no seguiremos con
los ejemplos. Los dados son suficientes para ver con
qu» audacia y, al mismo tiempo, con qu» naturalidad
Carriego se adue³a de las caracterÃsticas del lenguaje
de su ambiente y las hace suyas en expresiones llenas
de gracia y de emoci¤n. En general, se trata de frases
elÃpticas (el lenguaje hablado, es fundamentalmente
elÃptico en todas sus partes), en las que a menudo
dos o tres solos vocablos reemplazan a una porci¤n
de ellos mucho mayor, y dan m.s vigor y m.s fuerza
expresiva a la frase. "Vieras c¤mo te queremos!":
con ningôn otro giro podrÃa expresarse tan cabalmente
ese amor un tanto melanc¤lico y nada apasionado que
el poeta tiene al caminito de su casa, al que le es
familiar como una cosa que fuese suya,
-
familiar en las calles, en los .rboles
-
que bordean la acera,
-
en la alegrÃa bulliciosa y loca
-
de los muchachos, en las caras
-
de los viejos amigos,
-
en las historias Ãntimas que andan
-
de boca en boca por el barrio
-
y en la monotonÃa dolorida
-
del quejoso organillo
-
que tanto gusta oÃr nuestra vecina,
-
la de los ojos tristes. . .
Y, dem.s est. decir que, siendo giros nacidos del
puro sentimiento del pueblo, son todos ellos perfectamente
l¤gicos, fieles al genio de la lengua y, por asà decirlo,
gramaticales sin tacha racional.
Vocablos, son muchÃsimos los que se podrÃan notar
como tÃpicos del ambiente, tambi»n expresivos y tambi»n
l¤gicos y admisibles en general. He aquà algunos,
teniendo en cuenta, adem.s, para esto. "El alma
del suburbio":
Musicante:
môsico ambulante
y de poco; trucadas: largas y bulliciosas tenidas
al truco, guarango: grosero; corte: figura
de tango; pitada: chupada al cigarro o cigarrillo;
amasijo: con la acepci¤n de soba, especialmente
a pu³etazos; pucho: colilla del cigarro; amargurada:
amargada; dragonear: adem.s de cortejar
a la novia, ech.rselas de algo importante, como en
el verso en que lo escribe Carriego: "dragonea
ya de libertario"; pontificar: sostener
alguna opini¤n con cierta fatuidad; tolola: atontada;
tomado: bebido (borracho); vereda: acera;
bochinche: ruido y confusi¤n entre personas
(admitido por la Academia, en la edici¤n de 1914 de
su "Diccionario"); reci»n: ahora;
viejo: padre, y, en fin, otros muchos que todos
sabemos, ya sean nuevos enteramente o antiguos y reconocidos,
pero con nuevas acepciones, sin contar algunos que,
a pesar de ser hoy usados casi exclusivamente por
nosotros o por los dem.s hispano-americanos, como
marchante, mendicante, murria, racha, etc.
, est.n consentidos en el l»xico castellano y tienen
origen latino, griego o .rabe.
En conclusi¤n, pues: Carriego, sin velar ninguna de
sus muchas imperfecciones, nos ha dado en El alma
del suburbio un trozo de vida, sentido de todo
coraz¤n y expresado con elocuencia, y eso le basta
para ser un artista Ç un artista, sin m.s calificativo,
- a cubierto de toda moda literaria y de los caprichos
que, con las modas, cuando no son m.s que de cosa
superficial, se suceden en los gustos de la gentes.
Ha documentado una »poca y un medio, ha cogido lo
humano en sà mismo: es perdurable.
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NOTAS
-
No corresponde a la crÃtica artÃstica, propiamente,
se³alar las preferencias o pretenciones espirituales
o materiales del autor que examina. Por lo regular,
en nuestro paÃs Çdonde no hay un solo crÃtico
verdadero de arte, y me hago cargo exactamente
de los alcances de esa afirmaci¤n absoluta,- los
que ofician de crÃticos, al comentar una obra
cualquiera deti»nense en el car.cter o en la naturaleza
de los temas tratados por el artista. El autor,
prefiere o no prefiere temas amorosos; el autor,
ama a la naturaleza o no ama a la naturaleza;
el autor, es rebelde o resignado; el autor, es
optimista o descreÃdo; el autor, es pagano o cat¤lico;
el autor. . . Y asÃ, informando como simples periodistas
o llevando la pol»mica a un terreno que no les
compete, por cuanto alto o bajo, rico o pobre,
triste o alegre, amante de la naturaleza o flor
de invernadero, amoroso o no, etc.,etc., el artista
puede ser artista lo mismo, si es artista, estos
supuestos crÃticos llenan las p.ginas de los peri¤dicos
y de los libros y embaucan al pôblico, haci»ndole
creer con habilidad que son crÃticos. No; eso,
no es crÃtica de arte; eso es historia, es biografÃa,
es arte tambi»n. . Acaso trate de lo que en realidad
individualiza al artista, mejor dicho, a los artistas,
entre sà mismos, desde que, para distinguir a
un poeta de otro, supuesto que los dos sean poetas,
es decir vitalmente objetivos, habr. que tener
en cuenta la orientaci¤n sentimental de cada uno.
Por otra parte, tales comentarios pueden prestarse
muy bien a una labor original e interesante, como
lo es la ex»gesis de los cl.sicos espa³oles por
AzorÃn, como las sugestiones de Ortega y Gasset
sobre AzorÃn mismo y PÃo Baroja, y eso no se discute;
pero siempre ser. historia, biografÃa o arte,
no crÃtica artÃstica. Hay dos clases de artistas,
dos ônicas: la de los que saben representar la
vida intelectual, amoral y al¤gica, tal como en
verdad es, y asà documentan una »poca y un medio
y la de los que no son capaces de ver la vida
con imparcialidad. Establecer a cual de ambas
clases pretende el autor examinado, es la funci¤n
de la crÃtica. En el fondo, se trata de saber
si el autor es o no artista de ley, y para ese
fin, las observaciones sobre la naturaleza de
los temas o sobre la postura religiosa, sociol¤gica,
filos¤fica, etc. del autor, est.n dem.s. Por lujo,
o con intenci¤n biogr.fica o hist¤rica, pueden
a³adirse a la crÃtica, si asà se desea, a modo
de consideraciones marginales; pero, siempre,
una vez sentado que se est. ante un artista. Lo
contrario Ç lo que hacen nuestros crÃticos Ç es
justificar a todos los autores o a ninguno. ¯De
qu» mal rimador no podr. decirse que ama al campo
o la ciudad, que es mÃstico o pagano, que cree
en Dios o es ateo, que es .spero o suave?
-
Con este criterio, debemos hacer a un lado,
aquÃ, el comentario de la actitud espiritual
-
que adopta. Carriego ante la vida, segôn lo
que nos revelan sus poesÃas. En cuanto
-
esa tarea puede tener de elemento biogr.fico,
se ha realizado ya en el primer
-
capÃtulo y se ampliar. en el ôltimo, y en cuanto
puede tener de inter»s hist¤rico, ser. obra
-
del capÃtulo final tambi»n. Allà se a³adir.n
algunas sugestiones acerca de la analogÃa de
-
"La canci¤n del barrio" con la poesÃa
gaucha.
-
(2) Asà aparecen dispuestas en el libro las
once composiciones, pero es de advertir que
por
-
obra
de los editores, no del autor, que tal vez no
veÃa que constituÃan un todo m.s o
- menos
org.nico.
- (3)
"La costurerita que dio aquel mal paso"
- (4)
"Aquella vez que vino tu recuerdo"
- (5)
"Por ella"
- (6)
"Caperucita que se nos fue"
- (7)
"¯Qu» ser. de ti?"
- (8)
"La vuelta de Caperucita"
- (9)
Federico Hebbel, "Ideario", trad.
De Francisco de Icaza, Madrid, 1919
- (10)
"El camino de nuestra casa"
- (11)
"Mamboret.", II
- (12)
"Don Quijote", parte primera, cap.
XIV, p.g. 320 de la ed. De Francisco RodrÃguez
MarÃn,
- "La
lectura", Madrid, 1911. Ç Quiz. resulte
curioso para muchos un trabajo sobre "los
- argentinismos
del Quijote", que, sin preciarse de erudito,
tiene en preparaci¤n el autor de
- estas
lÃneas.
-
(13) "Mamboret.", id.
-
(14) Ibid.
-
(15) "Otro chisme"
-
(16) "Lo que dicen los vecinos"
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NOTAS
MARGINALES
LO ETERNO FEMENINO
Se han traÃdo y llevado mucho estas palabras del "Fausto",
con mil motivos diferentes, y yo no podrÃa decir ya
qu» sentido tienen en boca de cada uno de los que
las mencionan, ni siquiera en al del mismo Goethe.
Feminidad es sentimiento sobrepuesto a lo racional;
feminidad es coraz¤n antes que intelecto; feminidad
es biologÃa, en una palabra, es decir, lo opuesto
a la l¤gica, que constituye la esencia de lo masculino.
Para mÃ, pues, lo eterno femenino es la eterna resignaci¤n.
Ningôn poeta nuestro ha rendido al eterno femenino
un culto m.s hondo que Carriego. ¯No os hab»is fijado?
Carriego, no tiene hombres. El motivo perenne de su
canci¤n, son las mujeres; mejor dicho: la mujer, encarnada
en la figurita tierna, dulce, sufrida de la "costurerita
que dio aquel mal paso".
Carriego, nos presenta a esta mujer en situaciones
distintas que, en el espacio y en el tiempo, no podrÃan
coincidir en una misma persona; pero el fondo espiritual
m.s Ãntimo de cada una de esas situaciones, es id»ntico
en todas, de modo que pueden tomarse como emanadas
de una sola alma. Ese fondo, como digo, es un constante
silencio quieto (permÃtaseme la expresi¤n), una resignaci¤n
eterna ante los azares de la vida, asà como si se
hubiese nacido ônicamente para ser blanco ajetreado
de la adversidad, sin oponer resistencia.
Una vez, la mujercita es el "residuo de f.brica",
aquella a quien, en plena juventud, el taller enferm¤
para siempre, y que ahora, maltratada hasta por los
suyos, vemos
-
en
esa oscura pieza donde pasa
-
sus
m.s amargos dÃas, sin quejarse (1)
Otra vez es la que ya tiene arrugas sin haber tenido
novio, la que ser. "abuelita sin ser madrecita",
"la que se qued¤ para vestir santos", ¯record.is?,
la que, despu»s de sufrir aquellas "nerviosas
esperas", permaneci¤
-
tan indiferente, que al dÃa siguiente
-
ya no "habÃa" nada, nada:
solamente
-
hômedas las puntas de "su"
delantal. (2)
Otra vez, es la que, al decir: "fPor fin vino
el novio!" Ç aquel novio de tan larga, de tan
penosa espera, - todavÃa ha de llorar:
-
Por fin vino el novio, y por fin
-
la ôltima noche de novia.
-
Lleg¤ pronto, ¯verdad? fTan pronto!
-
Ma³ana, ma³ana . . fBah! ¯Lloras? (3)
fAh, el novio que llega tarde! Siempre llega con un
d»ficit de emoci¤n. Ç Otra vez, es la que regresa
tarde y agitada. Hay algo en esta figura de Carriego
que me conmueve y me subleva a la vez y que no acierto
a explicarme con toda claridad. Conozco a esta morocha;
la veo todos los atardeceres por Florida, por Corrientes,
por Suipacha, saliendo de una de esas grandes tiendas
donde es costurera o vendedora. Va de negro, camina
ligerito, no sonrÃe, no mira a nadie al pasar. La
he seguido. ¯Para qu» le he hablado? Ya lo supondr»is
. . . Y no ha querido responderme. En la emoci¤n de
mis palabras, ha notado que podÃa quererla. Por eso
no me ha respondido. Poco se ha hecho de rogar, en
cambio, ante el otro que la ha "atropellado"
Ç literalmente. Ç ante el que se le ha acercado con
toda desenvoltura y la ha hablado con voz firme ,
y quiz. hasta le ha dicho alguna insolencia. Ese,
no la querr. jam.s, no llegar. a compadecerla, siquiera.
Una noche, la hace torcer el camino: sube con ella
a un autom¤vil; entran en una casa. ¯Qu» la ha burlado?
SÃ, seguramente; pero, preguntadle y ver»is, c¤mo
burlada y todo, es al "sinverg½enza que no la
hizo caso, despu»s", al que se siente atada.
Parece como si las mujeres, al igual de los pueblos,
necesitasen siempre el tirano que les de pan y palo,
para poder resignarse y desarrollar lo eterno femenino,
que es Ç para decirlo de una vez Ç la falta de individualidad.
Pero no siempre la mujer de Carriego viste polleras:
a veces, tiene pantalones, y todavÃa es mujer. Entonces,
se llama el "hombre que tiene su secreto"
o "el silenciosos que va a la trastienda",
tan dolientes y tan resignados en su dolor, como la
costurerita enga³ada, como la familia ante el alejamiento
de Caperucita, como el padre ante la ingenuidad del
chico que pregunta: "cuando ser. el regreso de
la mam.". Nadie grita Ç ni hombres ni mujeres,
ni chicos ni grandes: - nadie se rebela: todos sufren
femeninamente, para su adentro. Y este eterno femenino,
es lo que da a los versos de Carriego ese h.lito de
tragedia sordo, estremecedor.
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EL ALMA DEL TANGO
Se ha incorporado ôltimamente a las orquestas tÃpicas
porte³as, un instrumento de viento que llaman bandone¤n.
No podÃa haberse escogido instrumento m.s apropiado,
ni comprendo c¤mo hemos podido pasarnos tanto tiempo
sin »l. Es el tango mismo; llora, se queja, se arrastra,
como el tango, ligando unos a otros todos sus sonidos,
sin gritos, sin estridencias, y hasta en sus bajos
de ¤rgano sagrado hay ese dejo de misticismo que el
tango aun no habÃa logrado expresar cumplidamente.
Sobre el altillo improvisado del caf», cinco môsicos
dejan oÃr ahora el "Vea, vea" o "A
la gran mu³eca", o "A pan y agua",
o "Don Esteban. Toca uno el violÃn, otro el piano,
otro la flauta, otro la guitarra, otro el bandone¤n.
El violÃn, disuena constantemente: o es un quejido
pla³idero y gangoso de ciego, o una pirueta galante,
en uno y otro caso, no es el arrabal porte³o jam.s.
Yo espero que no tardar. en desterrarse el violÃn
del tango. Piano, guitarra y flauta, en cambio, lo
interpretan con justedad. El bandone¤n los acompa³a
y les da vida, llenando todos sus claros, suavizando
sus involuntarios chillidos, sirviendo a los calderones,
figando las notas, atento como est. siempre a unos
y a otros, en medio de su aparente dejadez. Martillea
sonoramente el piano, canta la flauta, la bordona
de la guitarra marca el comp.s; en tanto, el bandone¤n,
va desliz.ndose por lo bajo, suave, melifluo, flexible,
y unas veces parece que se deja ahogar adrede, y otras
surge de pronto, lo mismo que un pecho que se dilata,
avanza y se ofrece para cubrir a los compa³eros amenazados.
Cuando el bandone¤n surge en la majestad de sus trompas
que se hinchan, se le hace a uno que va a estremecer
los aires con una imprecaci¤n; pero no haya cuidado;
nunca se olvida de atemperar sus voces. Es un asomo
el suyo, nada m.s, y en seguida desciende y se vuelve
a perder. Est. perennemente sometido a la sordina
en cierto lÃmite.
Hay quien ve en el tango bulla y desborde de pasiones.
Ni lo uno ni lo otro es verdad. Lo alienta una pasi¤n
honda, grave, pero una pasi¤n que siempre se ve contenida.
Si el tango bramara, dejarÃa de ser tango. El tango
no grita jam.s; como el bandone¤n que lo expresa tan
justamente, se desliza suave, casi ahogado, y tiene
momentos en que parece que va a protestar enfurecido
o a soltar las riendas a un regocijo estrepitoso;
pero ni alcanza nunca el tono descompuesto de la embriaguez,
ni nunca llega a rebelarse. Tanto en el dolor como
la alegrÃa, guarda constantemente una discreta compostura,
que es la m.s profunda resignaci¤n. Y yo siento palpitar
en sus notas el alma del sur de Buenos Aires, que
lleva sin esc.ndalo penas y dichas, y en el sur de
Buenos Aires, lo eterno femenino Ç la resignaci¤n
eterna Ç que Carriego nos comunica en sus versos del
arrabal.
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LO PASADO QUE PERDURA
El arte, es retr¤grado por excelencia. (4). Mientras
la obra intelectual ha de bastarse a sà misma, y su
propia l¤gica y consecuencia es su justificaci¤n,
el arte Ç el arte que perdura, no el artificio, aquel
en que palpita lo humano Ç debe estar atento siempre
a la realidad; y mientras, por otra parte, la ciencia
se adelanta a los hechos y hasta los fuerza, el arte
los espera y aôn desearÃa perpetuarlos en su expresi¤n
dada. Es como si el arte no tuviese ojos m.s que para
lo pasado. Y ¯c¤mo no ha de ser asÃ, si el arte es
biol¤gico principalmente?
En el siglo ôltimo, se desarroll¤ grandemente una
especie de obras que llaman "de ideas" o
"de tesis". Tales obras Ç debidas a hombres
de indiscutible m»rito, como Visen o Hauptmann en
el teatro, Tolstoi o Dostoievsky en la novela, Whitman
en la poesÃa, y absolutamente predominantes en su
»poca Ç parecerÃan negar ese reaccionarismo que atribuyo
al arte. Dramas, novelas o versos en los que se sostenÃan
y trataban de propagar las nuevas corrientes de ideas,
no podrÃan ser tenidos por retr¤grados. No, por cierto;
pero es que yo creo que todas aquellas producciones
en que los grandes poetas, novelistas o dramaturgos
del siglo pasado y de todos los tiempos llegaron a
demostrar una tesis cualquiera, no son obras de arte;
ser.n obras de filosofÃa, de sociologÃa, de ciencia,
como quer.is; pero de arte, s¤lo en la medida en que
fallaron en su intento de predicaci¤n, esto es, en
cuanto pueden pecar de reaccionarias. ¯Qu» grande
obra artÃstica no es un lamento t.cito por lo pret»rito?
Esta condici¤n retr¤grada primordial, lo es en grado
sumo de la poesÃa criolla. No es que el autor se adhiera
a la ideologÃa que significan los hechos y las almas
que van describiendo. Como artista, es imparcial y
no hace m.s que describir, por m.s que, como marginalmente,
los poetas criollos den siempre clara muestra de una
honda nostalgia hacia lo que pintan como perdido o
a punto de perderse en el suelo nacional. Pero, si
el autor no se declara expresamente partidario del
mundo y los hombres que pinta, en cambio los pinta
de tal modo que, implÃcitamente, atribuye a su conjunto
un sistema de vida digno de perpetuarse. MartÃn
Fierro es la obra de arte argentina que con mayor
claridad nos ofrece esta caracterÃstica.
Creado en la Pampa un sistema de vida, la ciudad viene
a introducirse en »l un dÃa y a desbaratarlo desde
sus cimientos. La Pampa, es el campo argentino. Sus
pobladores y creadores, quieren mantenerlo intacto,
cerrado a las mudanzas de la civilizaci¤n, pero la
ciudad, m.s poderosa, lo invade y dÃa a dÃa va domin.ndolo.
De esta lucha, fuerte y enconada desde sus comienzos,
por la naturaleza misma de las cosas, surge MartÃn
Fierro, que es, por eso, el poema de la absorci¤n
del campo argentino por la ciudad, el poema del hecho
fundamental de la vida criolla, constituida por una
perenne lucha entre el elemento nativo y la metr¤poli.
El gaucho, protesta, primero; pero, finalmente se
resigna y es vencido.
¯Es vencido? Para responder debidamente a esta pregunta,
habrÃa que dejar transcurrir un centenar de a³os.
Hace siglos, tambi»n el indio pareci¤ sojuzgado; pero
de aquella su gran resignaci¤n dolorida, supo sacar
las fuerzas suficientes para resurgir, siquiera Ç
como era natural y l¤gico Ç volviese a la vida en
figura nueva, no en alma distinta. El gaucho, que
es una de esas nuevas formas del alma aborigen, tambi»n
se resign¤ en el combate; pero hay algo esencial del
alma de ese gaucho que al entregarse a la ciudad conquistadora,
la conquist¤ asimismo. Por los arrabales de Buenos
Aires, hacia el sur, se ha metido en la ciudad un
aura pampeana que talvez algôn dÃa llegue a soplar
hacia el norte con el mismo c.lido aliento del indio
rebelado. La pugna entre los elementos nativos y la
metr¤poli, sigue siendo hoy la de hace siglos.
Tuvo, pues, la resignaci¤n del gaucho, su poeta: Hern.ndez;
la resignaci¤n del suburbio porte³o, que lleva latente
en sà un h.lito del alma gaucha, lo tuvo tambi»n:
Carriego. M.s artista que Hern.ndez (y uno y otro
m.s que Almafuerte, que es demasiado intelectual),
Carriego se nos aparece aôn m.s objetivo y, por asÃ
decirlo, m.s cruel, pues no nos oculta en su obra
la faz mala Ç que tambi»n tiene, en sus bondades Ç
del momento bonaerense que le da inspiraci¤n; pero,
su objetividad misma da una vida poderosa a ese momento,
y, con la vida Ç es claro Ç un alma: el alma del tango,
esa alma resignada siempre que alienta en sus versos.
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NOTAS
-
"Residuo de f.brica", de "El alma
del suburbio"
-
"la que se qued¤ para vestir santos",
de "La canci¤n del barrio"
-
"Sola . . .", de "La canci¤n del
barrio
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A esta altura de mi trabajo, noto que quiz. empleo
la palabra "arte" con un significado
muy personal. Es el que, siguiendo mis ideas est»ticas,
me he acostumbrado a darle, o sea: lo que no es
ciencia, lo que no es obra intelectual, y en ello
involucro lo que se dice poesÃa, drama, novela,
cuento, etc. Acaso pudiera parecer m.s adecuado
el t»rmino "poesÃa". No se. En resumen
de cuentas todo ser. cuesti¤n de nombres.
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