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Actualmente convertido en la gran fiesta-negocio
de cada mes de febrero, el Carnaval fue, en sus orígenes
en el Río de la Plata, patrimonio de los negros
que llegaban a América en los barcos españoles
como esclavos, pero con todo su bagaje cultural.
El Carnaval fue de los negros
DANDANI ENRIQUE ARROSAGARAY
Nace centurias los esclavos romanos disponían
de tres días por año de libertad relativa.
Eran las llamadas fiestas saturnales: se reunían,
festejaban, bailaban, cantaban, se embriagaban y hasta
podían pedir limosna. Esta es uno de los posibles
orígenes de los carnavales. Tal vez vía
España hayan llegado a nosotros, con aditamentos
propios de los ibéricos.
La otra fuente se relaciona con África y sus
nativos. Cuando los españoles -y otras potencias
civilizadas- secuestraban a los nativos africanos
en sus pueblos, los cargaban en los barcos y los vendían
para mano de obra gratuita, no tenían más
remedio que transportarlos con su bagaje cultural.
Los africanos introducidos en Buenos Aires pertenecían
sobre todo a grupos bantúes, que habitaban
por el centro de ambas costas del Continente Negro
(las actuales Angola y Mozambique).
Los negros africanos tuvieron también algunos
días de libertad, otorgados graciosamente por
las autoridades españolas, para divertirse
por las calles de la colonia de Buenos Aires. Podían
bailar y cantar, copular y beber. Y hasta componer
versos.
"Los negros se organizaron en cofradías
por nación de origen bajo la constante tutela
de un religioso -cuenta el historiador e investigador
Ricardo Rodríguez Molas, apasionado por la
vida colonial-, y en los días de San Baltasar
o de resurrección se reunían y andaban
en grupos tocando instrumentos y cantando. A estos
grupos los blancos ya los llamaban comparsas, Danzaban
al son del tambor que tocaban, andaban por las calles.
La gente del pueblo, la clase alta, los miraba con
sorna. Eso fue a fines del siglo XVIII, y se mantuvo
durante la primera mitad del siglo XVIII.
Paralelamente, los españoles en Buenos Aires
tenían algunas características en sus
comportamientos festivos para esos días, a
los que llamaban fiesta de aguas: solían perforar
huevos con extrema prolijidad, quitaban la clara y
la yema y los llenaban de agua. Luego sellaban la
pequeña perforación con cera. Usaban
huevos de gallina, de pato y hasta de avestruz. Luego,
salían ala calle, a pie o en sus carros y se
los lanzaban unos a otros.
La Iglesia estuvo en el origen de estos festejos de
negros, pero para controlarlos, en connivencia ideológica
y política con los gobernantes españoles,
obviamente blancos.
Sobre textos de documentos de policía y de
tribunales ubicados en el Archivo General de la Nación,
Rodríguez Molas rescata este párrafo:
"Reunión en San Baltasar... estaba el
padre Vicente Piñeiro diciendo misa y yo ·?otro
cura ·? en el confesionario. Viendo, agrego
que no podía oír a los penitentes que
estaban en ese momento confesando por la bulla que
metían los negros con sus alaridos y tambores,
viéndome en la necesidad de salir a echarlos
y encontré al bueno de¡ capellán
de ellos sin despedirlos ni haciéndoles callar".
La táctica de los españoles no era impedir
los festejos sino controlarlos. Este era en realidad
un mecanismo viejo de los conquistadores y opresores.
Rodríguez Molas aporta un dato de 1615, originado
en la legislación virreinal del Perú,
donde se habla de la emisión de 11 ordenanzas
con el fin de que las danzas y las reuniones de indios
y negros tuviesen lugar a la vista y con el fin preciso
de controlarlas ( ... ). Lo más sustancial
es traer a la vista sus juntas y bailes ( ... ) que
sean en partes públicas y conservar la separación
de las naciones".
¿Había necesidad de que los españoles
se preocuparan por fomentar este tipo de organización
de los negros para abortar una posible organización
independiente? Ellos estimaron que sí, aunque
los negros que trajeron al Río de la Plata
eran originarios de la zona costera y central de África
y poseían menos cohesión entre sí;
no eran sudaneses, es decir, no eran los negros islamizados
del norte de Africa. Los sudaneses eran más
aguerridos, como los que introdujeron en Brasil y
que hicieron grandes rebeliones. Se escapaban de las
plantaciones, se metían en las selvas o en
los palmares y formaban los famosos quilombos, que
duraron como cien años. Siguieron siendo libres,
aunque perseguidos, y con las formas de vida que ellos
quisieron. En Buenos Aires no había adónde
escaparse.
Pero después de las invasiones inglesas los
españoles tuvieron un renovado temor, "por
eso al otro día del triunfo sobre los ingleses
en la defensa de Buenos Aires, en 1807, el virrey
ordena que a los negros había que sacarles
las armas y darles un premio".
Las comparsas de negros comenzaron a ser imitadas
por blancos que se tiznaban sus rostros. Hubo un período
en el que convivieron comparsas de blancos y de negros.
Pero cuando se realiza el primer corso que registra
la historia, en 1869, predominan definitivamente las
comparsas de blancos.
"El primer corso se realizó en la actual
plaza Lavalle, que en esa época se llamaba
Plaza del Parque porque allí estaba el Parque
de artillería. Las comparsas de blancos igual
se ploman nombres de negros como Negros Cocineros,
Nación Benguela, Negros Cantores o Negros Argentinos."
El primer escritor de novelas policiales que tenernos,
Rafael Barreda, fue partícipe y relator de
lujo de toda aquella época del surgimiento
oficial del Carnaval y de su vinculación con
el tango. "Por ejemplo -cuenta Rodríguez
Molas- Barreda habla de la Comparsa de las Delicias,
de 1879, y cuenta qué instrumentos usaban:
bombos, platillos, cometas, pistones y cuanto instrumento
bullanguero encuentren a mano."
¿Disfraces? Sobre finales del siglo XIX
era habitual que usaran máscaras imitando los
rostros de personajes de la época, como Sarmiento,
Avellaneda, Alsina o trajes de condes o perfiles de
italiano."
¿Qué cantaban? Ante la pregunta, el
historiador no duda: cantaban tangos africanos. Así
quedó escrito en documentación de la
época ubicada por el historiador. "Por
ejemplo el Tango de las bromistas, que tiene una letra
muy subida de tono.... Embromemo/ Alguien se puede
enojá,/ ¡qué va a enojá!/
el que se enoja, no moja/ no moja...
"Obviamente, esta letra tiene inmediatas connotaciones
sexuales, aunque hay otras letras mucho más
fuertes, que se solían cantar en los lupanares".
Barreda vivió todo muy de cerca. Él
mismo, que era blanco, formaba parte de la sociedad
o comparsa llamada Los Negros.
El tango de las comparsas carnavalescas, es el título
de un capítulo de un libro de Rodríguez
Molas sobre el origen del tango. Allí dejó
escrito lo que nos cuenta: "En esa época
las letras de las comparsas se publican en periódicos
que editaban las propias cofradías de negros,
o en hojas sueltas de color amarillo, verde; es interesantísimo.
A veces es difícil discernir si es la letra
de una comparsa de negros o de blancos que mataban
a los negros. Barreda fue autor de letras para las
comparsas.
Además estaban los bailes de Carnaval. Hay
textos rescatados por Rodríguez Molas que hablan
de los bailes en el Circo Nacional "en donde
los negros tenían prohibido entrar. Podían
ser músicos, eso sí. Pero ir a divertirse
no". Un lugar clásico de baile para 1870
era el viejo Teatro Colón, que estaba frente
a la Plaza de Mayo. "Una vez hacía tanto
calor que a los organizadores no se les ocurrió
mejor idea que poner barras de hielo en el techo.
Se ve que no hicieron bien los cálculos porque
se les vino abajo."
Con el tiempo, los negros fueron quedando de lado
"también en los carnavales, al mismo tiempo
que sus cofradías decrecían y desaparecían.
De cualquier forma las huellas del candombe-tango
y de la vida y la música en los lupanares,
ha quedado registrado en la historia y ha penetrado
el presente.
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