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Conceptos
a la hora de bailar el tango
En el milonguero, más allá de otros
estilos de tango, existen cuatro verdades: el abrazo,
caminar, desplazarse en pista en el sentido contrario
a las agujas del reloj y la improvisación.
Si fuera necesario definirlo en términos académicos
podría decirse que es una danza social en pareja
que consiste en movimientos conjuntos, sin coreografía
establecida. En efecto, los recursos, los modos de
caminarlo, figuras y combinaciones son infinitas.
Tanto como las diferencias de estatura, peso, volumen,
tonicidad muscular, capacidad emocional y química
de la pareja de baile como la forma en que cada uno
escucha la música de tango y puede dividir
y subdividir el compás con sus pasos.
Sin embargo, hablar de impovisación parece
contradictorio con el espíritu de este libro
cuyas características, normas y patrones comunes
deben conocer todos los aprendices y bailarines, aunque
algunos de estos últimos hayan adquirido conocimiento
en la casa o el barrio a través de la práctica,
a través de los años, y no en escuelas
o academias.
Se diría en principio que para que esta danza
alcance un grado óptimo debe reunir elegancia,
sensibilidad y juego. Lo que en otras palabras se
denomina postura, cadencia y creatividad, tres condiciones
sobre las que nos referiremos más adelante.
De nada sirve el gran milonguero que no se conmueva
con el tic-tac que lleva todo tango en sus entrañas,
ni el que haciendo gala de la mejor técnica
repita prolijos movimientos y termine por aburrir
y aburrirse. Visto está que cuando un varón
y una mujer se encuentran bien parados
lucen más atractivos al ojo de quien observa.
De sus valores, su capacidad de expresarse como pareja,
dependerá la posterior invitación a
bailar y la aceptación. Resulta más
difícil ejecutar movimientos en un estilo sencillo
y prolijo, con cadencia, manteniendo la unidad de
la pareja, sin que decaiga la emoción y la
diversión, que efectuar llamativas figuras
que no guardan relación ni con el espacio a
que deben ceñirse los bailarines ni con las
épocas en que se desarrolló la mayoría
de las melodías que hasta hoy escuchamos en
las milongas.
Por supuesto, la música del tango evoluciona
y el milonguero también. Quienes concurrimos
a los salones, asistimos al proceso de transición
entre los milongueros de la época de oro del
tango y la actual, no menos valiosa. Los ortodoxos
se confunden con los revolucionarios. Ya no se baila
igual que hace cincuenta años ni tampoco se
bailará como hoy en los próximos cincuenta.
Pero los de mañana deberán aprender
las mismas verdades que los de ayer. Los varones deberán
pensar que su lucimiento dependerá de cómo
favorezcan al lucimiento de la mujer, de respetarla
y hacerla respetar en pista defendiendo el espacio
conjunto, de medir con sutileza sus capacidades y
no forzarla a situaciones poco placenteras; y las
mujeres deberán contribuir a no sobrecargar
las habilidades del compañero, no entorpecer
sus pasos, estar dispuesta a sus señales. Del
compromiso que establecen los componentes de la pareja
con el baile, la música y entre sí pueden
surgir los momentos más gratificantes de esta
disciplina.
Bailar implica animarse a ser; y animarse a bailar
tango implica superar miedos, vergüenzas y el
temor al ridículo. El arte del guerrero consiste
en vencerse a sí mismo. La sutileza, el equilibrio,
el desplazamiento cadencioso se gana con la práctica.
Miente quien afirme que domina el tango; se miente
a sí mismo quien cree que no tiene nada que
aprender. Esta disciplina se tarda en conocer lo que
dura una vida; y esa riqueza la vuelve extraordinaria.
En tal sentido, existen muchos profesores y muchas
formas de enseñarlo, pero el alumno sólo
conocerá una forma de aprenderlo. Cada uno
creerá ser dueño de la verdad. Ni aún
quien escribe estas líneas sabe fehacientemente
cuál es. Todo es susceptible de revisión
y modificación. Maestro no es quien enseña
sino quien uno elige que le enseñe, quien no
necesita retener al alumno porque sabe que después
de partir éste volverá a nutrirse de
su conocimiento. Maestro es aquel a quien le conferimos
autoridad, y en tango éste puede ser un pésimo
bailarín aunque con gran vocación docente,
así como hay excelentes milongueros incapaces
hasta de enseñar lo más elemental.
De modo que la primera lección será
estar abierto a este proceso, puesto que a todos nos
iguala el no saber. Comprender que el tango será
una danza de alarde, pero no de soberbia; que se desarrolla
en una pista siguiendo una dirección (espacio
que debe compartirse y del cual no podemos apropiarnos
adueñándonos del ajeno), que finalmente
debe disfrutarse aunque estemos atentos al otro y
al entorno y cada paso nos sirva para corregir algo
de nuestro baile. El cuerpo no engaña y en
sus manifestaciones está el individuo y su
personalidad: violento, sereno, firme o indeciso.
Todo está vinculado. El paso con el que tropezamos
por más que lo ensayemos mil veces puede obedecer
a una dificultad física o a una memoria muscular,
pero también a un problema externo, de cuya
resolución dependerá conseguir el éxito
de la figura.
Quizás allí resida otra de sus grandes
virtudes: la asociación que se establece entre
el tango y la vida.
Gustavo J. Benzecry Sabá*
Clases grupales e individuales:
4825-8828 - b_tel@elsitio.net
* El licenciado Benzecry Sabá fue alumno
del estudio Dinzel y Roberto Herrera, entre otros.
Se desempeñó como profesor en el Tangódromo,
predio dependiente del Gobierno de la Ciudad Autónoma
de Buenos Aires, Argentina, y como profesor adjunto
con María Telma y Stella Barba. Actualmente
dirige clases grupales en Chacabuco 1181 - 1er piso
- los domingos de 17 a 19 hs. y se encuentra especializado
en técnica para varones en el estilo milonguero.
El presente fragmento pertenece a su libro de próxima
publicación en el exterior.
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